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Adolfo
Zutel
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Es Médico, Profesor de Toxicología de la UBA y reside en Buenos Aires. Comenzó a escribir en 1997. Desde entonces obtuvo veintinueve premios en poesía, ente los que se cuentan el XXI Premio Fernando Esquío, España 2001, el Leopoldo Marechal de Morón, 2001, el Premio Bustar Viejo 2001, España, el Premio José Chacón, 2003, España, el Roberto Juarroz de Adrogué, los Torneos Bonaerenses 2000, 2001 y 2005, el Premio de Honor en Poesía y en Narrativa de San Rafael 2000, el Segundo Premio de Honorarte 2004, el Premio Cafetín Croché 2005, España. Además obtuvo doce Menciones Especiales. Su Primer Libro Entre A y Z se publicó en 2000 y obtuvo Primera Mención de Honor en el Concurso Faja Nacional de Adea 2001. Su Segundo Libro Si alguien no escribe un verso, fue publicado en España, en ocasión de obtener el Primer Premio Fernández Esquío de poesía en 2001 y luego en ediciones El Dock, 2002.
En el 2007 ha participado en el libro Poesía viva, pura poesía, premios Esquío 1986-2006, colección Esquío de poesía, Ferrol, España. Ha sido Jurado de Poesía en el Premio Macedonio Fernández de Lomas de Zamora y finalista en tres importantes premios de poesía en España.
Acaba de ganar el Primer Premio en el Certamen Nacional de Poesía de la Municipalidad de General San Martín con su libro La calle de las cinco menos cuarto, el que se encuentra en prensa.
Ha obtenido cinco premios en cuento.
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Libros Publicados
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Entre A y Z

Poesía |
Si alguien no escribe un
verso

Poesía |
próxima
publicación
La calle de las cinco
menos cuarto
Libro de Poesía
(en prensa) |
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Antologías |
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Tiene varios poemas publicados en antologías. Entre ellos
Premio Esquío |
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Leche Negra
Hay que correr, hay que correr, hay que correr y poner una mano para que no vea. Para que papá no vea. No importa si los ojos se le ponen ciegos, no importa si se los comen las hormigas, si se pone duro como esa estatua que vimos en la plaza.
Los golpes y los gritos y los golpes.
La sangre roja de mamá.
El vino negro de papá, ése que lo pone como a un hombre que nada más sabe pegar y pegar y pegar y pegar y pegar. Y después todos a correr, a escondernos en los agujeros, como las arañas que siento que caminan entre las hojas y las ramas.
Parece que las arañas me cuidan.
Cuando me apoyo en la pared no respiro más, nunca más, nunca más. Me vuelvo un granito de arena que se mete en un hueco y cierro la boca, la nariz, los dientes y cierro, sí. Tengo que cerrar todo para que no me toque ni una gota de ese vino negro que papá escupe y vomita cuando llega a los gritos, a los puros gritos y me busca. Como ahora que está a un pasito corto y grita que nos va a matar a todos.
La araña que me pasó por el cuello me avisó que él llegaba.
No hay que matar a las arañas, nos cuidan de papá.
No sé en qué parte del campo se esconden los demás, no oigo la respiración de nadie. Apenas escucho el ruido de las estrellas, las veo arriba, y alumbran para que podamos ver con los ojos bien abiertos, sin pestañear. Alumbran para que veamos cómo revolea el cuchillo por el aire mientras grita y grita.
Cada vez que vuelve a casa es igual. Cuando llega quiero ser hormiga, meterme en un agujero y desaparecer antes que los gritos y los golpes, antes del baile de patadas y puños con mamá, antes que los moretones y los clavos, antes de que grite a esos chicos de mierda los voy a matar a todos y nunca dice que él se quiere matar. Los golpes arrancan pedazos a mamá y mamá nos avisa, entonces pienso que me quiero morir pero las piernas no me dejan y corro descalzo, y me lastimo pero no me doy cuenta. Me doy cuenta después.
Si tuviera un perro me haría un ovillo con él, podría dormir hasta que salga el sol. Sería todo más fácil si papá se cayera arriba del cuchillo y se cortara toda la garganta. Sería como cuando el carnicero les corta el cogote a las gallinas. Pero seguro que la sangre le saldría negra como el vino. La sangre y el vómito.
Esas noches queremos arrancarles los ojos y las uñas a los gatos, y si sale la luna, todos le aullamos como lobos.
No tocaría nunca la botella de vino de papá. Papá la toma como si fuera dulce, no sé qué quiere cuando toma y toma.
Fui a catequesis y el cura dijo y dijo del vino de la misa y al final, probé un poco. Era dulce. No era pegajoso como el vino de papá que moja todo el piso cuando mamá se cae, antes de gritar, antes del aviso y que corramos a escondernos, hasta que las patadas la obligan a callarse.
Era rico el vino de la misa y me pone contento.
Me traje una botella de la iglesia y a la noche la tomé con mis hermanos y nos dormimos rápido.
Hace cinco años que papá no toma. Hace cinco años que no hay leche negra en su garganta. Hoy fui por primera vez al grupo de alcohólicos. Me temblaba el suelo desde que desperté. Me temblaba todo porque mi mujer me echó, gritaba que se cansó de los golpes y me echó. Pobre mi papá que está callado todo el día y hace cinco años que no toma. Mis hermanos no quieren ir al grupo. Yo tampoco quiero ir pero tengo que recuperar a mi mujer pero la leche negra no me deja, no me deja de día ni de noche. Y no corro a los nietos de papá. Él tampoco corre más. El temblor no me deja pensar y si cierro los ojos veo que mi papá le arranca las uñas a los gatos, veo que mi papá muerde a los perros. Pero sé que no es cierto. Mi papá es bueno. No voy para hablar con los alcohólicos. No me importan qué digan, qué no digan. No me importa si quiero vivir o si no quiero. No me importa que mi mujer esté con otro o me importa. Sí, me importa, o no sé. Me importa un peso, me importa un cartón de leche negra que me haga olvidar aunque sea un momento, porqué papá es bueno; hace cinco años que no toma.
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