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El Martillo
Cómo es desatar el nudo,
cómo es purificar el dolor,
con más dolor,
cada uno lo desata
como puede,
y cómo duele.
(Cada uno desata el nudo como puede, y él lo desató como pudo, ¿qué culpa puedo echarle yo? ¿Y yo, yo cómo lo voy a desatar? El pensamiento le pasó la lengua a sus crines cansadas en el colectivo camino a casa tratando de ordenarlo.)
La
mostaza afuera, siempre la mostaza afuera de la heladera. Eso
se le pegó en la frente como un papel engomado de notas
cuando vio el frasco olvidado sobre la mesada de la cocina,
como si la madre le hablara y le dijese eso mismo. Uno o dos días,
seguro ya estaba podrida, o cortada, convertida en esa
separación grumosa de líquido y sólido, mostaza tibia. Tomó
la mostaza, abrió la heladera, guardó la mostaza, cerró la
heladera. Pensó qué se iba a cocinar. Pensó que no tenía
hambre. Pensó qué se iba a cocinar. No tenía hambre. Y la
mostaza de mierda. Paladeaba con aspereza las palabras siempre
iguales de la madre, que era un desordenado, un caótico, y
que la mostaza iba adentro de la heladera, si no, se pudría, siempre
igual vos, no te acordás ni de guardar la mostaza adentro de
la heladera. Si ella se hubiera dado cuenta de cuándo la
mostaza quedaba afuera de la heladera. “Ella sabía”, habló
a nadie.
Había
depositado sin ganas las llaves sobre la agenda con el agónico
vértigo de las manos al final del día. Vio indiferente que
la cocina estaba sucia, que habían quedado restos de arroz
quemado alrededor de las hornallas y algunos contrastes
arcaicos de comida salpicada. Sacó una botella de vino
abierta que tenía en la heladera y llenó una copa grande. El tinto frío es lo mejor le hizo acordar a su padre, pero para él
era lo peor. Sobre todo si era de cajita. Sobre todo si estaba
frío. Sobre todo si era de su padre. Sin embargo, una amiga
que sabía más que él le había dicho que las botellas
abiertas se ponen en la heladera para que el vino no se oxide,
y eso hacía. Después lo dejó ablandarse con la estática
tibia del ambiente, servido en la copa grande. Echó unos
fideos en una cacerola y después al fuego. Disfrutó con
resentimiento cómo siguieron resecándose en el entorno de la
llama las manchas de comida vieja y pegada. En el living
encendió la música y apareció un Mozart que había dejado
del día anterior con su sinfonía número cuarenta. Se le
apareció fantasmal el disco negro de vinilo en las manos
llenas de recuerdos como si lo estuviera tocando con los
dedos, palpándole los surcos, las pistas que arañaba la púa
del tocadiscos. Se le estamparon las imágenes sorpresivas y
tenues de los juegos con su hermano y de los discos, de las
diabluras hechas con el Winco de su madre, la misma de la
mostaza, y el sonido ondular de la sinfonía cuarenta le
arrastraba hacia él, tirando de la cuerda, la historia
contada de aquel director de música del disco que sentía
inexistente entre los dedos, recobraba del pasado ese mismo
disco que escuchaba tirado en la habitación que compartía
con su hermano, el disco que era de su padre y que ahora no
recordaba el nombre del director que había hecho una versión
original de la sinfonía número cuarenta. Cómo
se llamaba este director, era conocido, y se dejó
impregnar por el recuerdo de la emoción oscura del escopetazo
en la boca, puta cómo
se llamaba. Waldo de los Ríos se llamaba. Eso
es, Waldo de los Ríos. Su padre le había contado la
historia. Él sólo escuchaba el disco de etiqueta azul
redondo mezclando los sabores pendulares de la sinfonía
cuarenta con los sonidos de la sangre estrepitosa que se
imaginaba brotar de la cabeza de Waldo de los Ríos. Sentado
en el living se le vino la habitación difusa encima, los
juguetes que tenían, esa manía estúpida del hermano acerca
de un hilo invisible que hacía tener que recuperar las cosas
por el mismo camino que habían hecho; si una pelota pasaba
entre las patas de un sillón e iba a parar al medio del
living no podían simplemente tomar la pelota y seguir
jugando, tenían que pasarla de nuevo entre las patas, por
abajo del sillón, siguiendo el camino de un hilo invisible
que no se podía cortar, que no se debía cortar, o que era
mejor que no se enroscara, que no se le hiciera un nudo. Formó
una mueca por lo absurdo.
El
día de trabajo había sido duro y pegajoso. El departamento
estaba robado de luz y le ofrecía un sosiego tenue; la cocina
estaba apagada y veía desde el sillón la llama azul que se
escapaba en la parsimonia del gas de los fideos. Encendió el
televisor y fue saltando casi inerte de un canal a otro con un
único dedo movedizo, tosco y gordo, que a veces cambiaba el
volumen en vez de la emisora. “En ocasiones —informaba el
televisor detenido en algún canal fortuito— el crecimiento
del capullo es interrumpido abruptamente por factores exógenos,
como la cría de un depredador que lo rompe para comerse la
crisálida pero no la come; entonces la crisálida sale del
capullo antes de tiempo, con las alas todavía sin cumplir su
ciclo de formación anatómica.” La imagen de un capullo que
se movía gomoso se proyectó infinito en su cara a través de
la oscuridad. El capullo encerado y gelatinoso tenía un
agujero en una de las puntas, una rotura de bordes irregulares
y un gusano luchando por salir marcha atrás bañado en líquido
amniótico y baboso. Siguió escuchando: “Entonces es cuando
el instinto lleva a la crisálida a extender sus alas deformes
e intenta volar.” El gusano se había deshecho de la
envoltura y extendido dos alas, lo más parecido a dos hojas
de árbol secas y rotas, deformes; en un aleteo ridículo, espástico
y humillante, el gusano cayó al piso como un caracol sin
concha haciendo un engrudo entre la tierra suelta, el moco
transparente y las hojas agujereadas de sus alas. Un cachorro
de hurón, tal vez un oso hormiguero, lengüeteó la tierra y
se lo comió con gula animal. “Y así —terminaba la voz
científica del locutor— las crisálidas quedan expuestas a
los depredadores después de un vuelo inútil y un desarrollo
interrumpido.” Arqueó las cejas para hablar después de un
sorbo de vino que sacó el gusto a crisálida del paladar y de
la garganta y dijo, “Qué asco verdaderamente”. Frunció
los párpados rígidos porque le pareció una casualidad mórbida
la aparición del documental en el televisor. Entonces se le
llenó la cara de símbolos y rayas como arrugas, de
conexiones entre las cosas inconexas armando un espejo roto,
las ganas de recuperar la infancia y no la infamia le
corrieron vigorosas por los surcos que tenía entre los
pliegues de la piel del desarrollo interrumpido, del capullo
roto; las ganas de volver ahí, a la habitación donde el sol
calentaba y no quemaba y jugaban con su hermano y el vinilo no
le dolía ni lo raspaba. Con la mano recta, la birome casi
vertical, se puso a escribir al borde del espasmo las cosas
que iba entendiendo, golpeaba a veces la arista de la mesa del
living con la birome, se puso a escribir esos símbolos que
cada vez tomaban más integridad y escribió, escribió de la
presencia densa del padre después del tinto frío de cajita
desabrochándose el pantalón, que entraba en el cuarto de
aire detenido y gelatinoso con la amenaza colgante y el
aliento a alcohol que les decía que los dos se iban a portar
bien, que se iban a quedar quietitos y callados, que no iban a
decir una palabra a nadie. Raspó la punta en el papel y
escribió de la comunidad muda de la madre, de la omisión
muda de la madre, de las apariencias mudas de la madre, de la
estupidez muda de la madre, del suicidio irremediable su
hermano. “Ella sabía”, dijo con palabras habladas y no
escritas y se le llenó la cara, pero esta vez de culpa y de
vergüenza. ¿Y yo cómo
voy a desatar el nudo? Se fue a la cocina.
Los
fideos enroscaban sus cuellos largos, se resbalaban unos con
otros, se movían adentro de la cacerola blanda. Enrolló uno
solitario y resbaloso que se resistía al aislamiento, como un
condenado a muerte que es llamado trataba de zafar del
tenedor, se sacudía con otros fideos aprovechando las
burbujas del agua hirviente, se pareció más al gusano
resbaloso que acababa de ver en la pantalla del televisor. La
boca se empastó y la garganta se hizo un río de barro. Sacó
violento el tenedor del agua, buscó la copa de vino que todavía
estaba fresco y le dio un sorbo dulce de buche y alivio. La
crisálida se había ido. Volvió con el tenedor a buscar a su
víctima al circo romano de agua hirviendo y le pareció
reconocerlo entre la multitud de fideos y lo persiguió.
“Ahora vas a ver, guacho de mierda”. Y lo cazó. Enroscado
otra vez en los dientes del tenedor lo llevó a empaparse de
agua fría en la pileta de acero, lo probó y dijo con la cara
puesta alrededor del agujero mudo de la boca: “Todavía les
falta”. Devolvió exonerando sin valentía al condenado y
tapó la cacerola que había destapado antes. El agua chorreó
escasa de espuma por los bordes y tiñó la llama de azul a
naranja con un chisporroteo de agua en el fuego. Controló que
no siguiera el desborde y quedó apoyado liviano sobre la
mesada de mármol. Levantó la copa a contra luz, agitó el
vino y vio cómo el líquido bordó bajaba en columnas lentas
por las paredes de la bolsa placentaria de cristal. Su amiga
le había dicho que se llamaban piernas y la velocidad con la
que corrían indicaba la proporción de alcohol y de glicerina
que tenía el vino. A él le parecían lágrimas silenciosas.
“Ella sabía”, le volvió a decir a nadie. Y se acordó de
la mostaza y de la madre. Ella sabía. Cómo no iba a saber. Cómo
podía no saber. Si el hermano le dijo. Le contó. Entonces cómo
no iba a saber. Ella le dijo al hermano que estaba loco. Que cómo
iba a pasar eso. Que ella lo sabría si pasara. Ella sabía. Y
después gritaba como loca en el velatorio. Cómo nos pudo
hacer esto. Cómo
desatar el nudo. Por qué me hizo esto. Cada
uno lo desata como puede. Y él no le dijo: “Vos sabés,
mamá, vos sabés”. Y
cómo duele. No le dijo nada. “Vos sabés, mamá, vos
sabés lo que papá nos hacía”, le habría dicho. “Antes
de irse, mucho antes de irse, vos sabés, mamá”, habría
dicho con el cajón cerrado del hermano enfrente, pero no le
dijo nada. Waldo de los Ríos. Empezó a arrimar una a una
palabras huecas que se le quedaban ásperas entre el paladar y
la lengua. ¿Y qué iba
a hacer?, ¿cómo se iba a liberar del dolor, del ardor y de
la culpa, de la culpa engañosa de lo que hacen otros?,
pensó pero tampoco dijo. Y sorbió lágrimas rojas del filo
de la copa, pasó la lengua por el borde grueso del cristal.
Se
quedó mirando el reloj colgado en la pared de la cocina. Le
pareció que hacía un ruido exagerado para ser electrónico. Tenemos mecanismos. Tenemos
mecanismos adentro, pensó y otra vez no dijo. Mecanismos de engranajes que se mueven y hacen que camine el segundero.
Y le volvió a parecer exagerado el ruido que hacía el reloj
de cuarzo. Mecanismos
internos que hacen que las agujas se muevan. Y si se rompe el
mecanismo, alguna aguja queda colgando, o se mueve con falsa
tracción. Existen mecanismos que se rompen. Y queda un nudo
en el pecho. Amontonó las palabras como basura, como si
ya no dijesen nada.
El
reloj en la pared le recordó que iba a colgar un plato jujeño
de barro cocido que trajo del norte; había dejado el clavo
listo a la mañana adentro del plato. En el último cajón
guardaba algunas herramientas, restos de cables y de alambres,
un pegamento de tapa ya infranqueable, algunos tornillos y
tuercas huérfanas, dos pilas. Se puso de cuclillas en frente
de la cajonera, la rodilla le dolía por la humedad, sentía cómo
tiraba el cartílago gastado. Para que el peso del cuerpo no
hiciera tanta fuerza sobre la rodilla, apoyó la espalda en
los muebles y empezó a mirar quieto el primer cajón, el
herraje plateado de bordes redondos, sin abrirlo. En el último
estaba el martillo. Después miró el segundo cajón. El
tercero. Volvió al primero. Segundo. Tercero. Y se dejó
estar.
Era
un martillo de mango de madera vieja, al límite con la
podredumbre, y un cabezal de acero o de hierro despintado. La
cabeza principal era cilíndrica y plana en la punta; en el
opuesto había una cabeza más chica, una semiesfera que nunca
entendió bien para qué servía cuando usaba el martillo su
padre. Alguna vez supuso que era para clavos más chicos pero
parecía ridículo usarla para clavos porque era casi seguro
que el martillo resbalaría por la cabeza y daría de lleno en
alguna de la uñas de la mano. Y después, las puteadas.
Entonces directamente era mejor no usarlo de ese lado. Vio sólo
el mango que sobresalía un poco del desorden que habitaba el
cajón, el último cajón, una caja de Pandora de ferretero de
barrio. La cabeza estaba enterrada entre pedazos de madera,
tuercas y clavos, fósforos, el filo oxidado de una sierra,
algunos pedazos de caño de aluminio, otras piezas que no sabía
para qué servían, destornilladores, más destornilladores,
una pinza, un alicate. Tomó el martillo por el mango y tiró.
Algunas herramientas planearon afuera del cajón y terminaron
en el suelo. Un destornillador rodó inalcanzable y silencioso
debajo de la cocina donde se hacían los fideos, pero el
martillo no salió. Alguna barrera silenciosa lo retenía
adentro del cajón. Sintió el ruido en la rodilla cuando se
paró. Así doblado, dio un tirón suave y seco al martillo
que movió las herramientas pero que no lo liberó. Aseguró
la mano cerca del cabezal y se irguió con una fuerza que
antes no había ejercido. Llovieron entonces tuercas,
tornillos, destornilladores y la pinza, todo terminó
esparcido en el piso de la cocina. En la cara le quedó pegado
el alivio, la frente roja de venas hinchadas y los pelos en
claro desorden. Se enderezó y empujó con el pie el último
cajón que no logró cerrar porque todo tipo de piezas, tal
vez los rayos de un sol metálico y
estático guardado en el cajón, se asomaban impidiendo el
cierre completo. Dijo “massiii”, ayudado por un gesto en
la mano. El pie amontonó un poco las cosas que estaban
desparramadas, entonces chocaron partes metálicas y no metálicas
juntándose en una heterogénea torre de herramientas cerca
del sol metálico. ¿Y yo cómo voy a desatar el nudo, cómo voy a unir las piezas rotas
del espejo?
Cuando
se dio el martillazo en el dedo soltó un alarido y voló el
martillo al living. Se envolvió el dedo con la palma de la
otra mano y puteó y puteó. El martillo dejó una marca, un
pequeño hueco, cuando cayó con el peso del cabezal sobre el
parquet. Caminó hasta el living en busca del martillo
envolviendo todavía el dedo con la otra mano y pasó la punta
del pie varias veces por encima del hueco que había dejado en
el piso como si fuera una mancha que quisiera sacar. Se agachó
y tomó el martirio, el martillo. Volvió a la cocina y sin
querer pateó el montón de herramientas. Apoyó la mano sobre
el mármol y volvió a darle al dedo con un sonido opaco y
macizo. Esta vez le pegó con más fuerza y la uña se le puso
azul azul, y pensó que tenía que seguir, que ése era el
momento, cuando no sentía el dedo, así que levantó el
martillo creyéndolo pesado y golpeó. Martilló otra vez, y
otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez, y
otra vez, y otra vez.
La
uña fue a parar al lado de la pileta de acero y era prácticamente
lo único reconocible que quedaba del dedo. Apenas le quedaba
un poco de carne debajo y seguía morada como si estuviera
irrigada de sangre. El resto era una pasta sanguinolenta de
piel, huesos y carne esparcida sobre el mármol que parecía
el cadáver del hermano atropellado por el tren. La uña era
el sombrero intacto que dejó reconocer el cuerpo. La sangre
blanda había brotado hacia las paredes y la heladera, y las
superficies blancas jugaron a ser arte rupestre. La parte
inferior de la piel del dedo había quedado pegada a la mano y
abierta como una serpiente eviscerada. Dio vuelta el martillo
y con la cabeza más fina, con la semiesfera que resbalaba por
encima de los clavos, empezó a pegarle a la piel con golpes
cortos y precisos hasta que la cortó machacándola. Y otra
vez, con la cabeza más grande del martillo empezó a pegar a
la palma de la mano con integridad destructiva a toda la
secuencia, en el centro de la palma. Y martilló. Y otra vez,
y otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez, y
otra vez.
El
martillo por fin agujereó la piel, deshizo la carne, cortó
los tendones, los aplastó, rompió los huesos, fraccionó los
huesos como pedazos de un espejo roto. La mano era una
hamburguesa deshecha, una bolsa de basura mordida por perros a
media noche, era un canelón de carne abierto, ésos que se
pegan a la fuente y la espátula los deshace en el afán de
servirlos enteros y calientes; los dedos y la mano habían
desaparecido en un sin fin de martillazos, ya sobre el mármol
marcado, deshecha la carne, cubierto de líquido espeso como
baba oscura de crisálida tibia, y como pasado inamovible dejó
esos martillazos que se daban sin querer con su hermano
jugando a ser carpinteros y que ya no dolían tanto, mucho
menos, casi nada. Y seguro el hermano no quiso su cuerpo
deshecho en las vías, sino el de otro. Y seguro él no quiso
su mano debajo del martillo, sino la de otro. Porque no era su
culpa, sino la de otro. Desatar el nudo y el alivio. Y esta vez pensó y sí dijo: “Y yo
que creía que me iba a pegar un tiro en la boca, como Waldo
de los Ríos.”
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