Matías Bolis Wilson

Nació en Buenos Aires en 1974. Estudió Finanzas y está terminando la licenciatura en Economía. Desde hace tres años participa del taller de Liliana Díaz Mindurry.

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El Martillo

Cómo es desatar el nudo,
cómo es purificar el dolor,
con más dolor,
cada uno lo desata
como puede, 
y cómo duele.

 

(Cada uno desata el nudo como puede, y él lo desató como pudo, ¿qué culpa puedo echarle yo? ¿Y yo, yo cómo lo voy a desatar? El pensamiento le pasó la lengua a sus crines cansadas en el colectivo camino a casa tratando de ordenarlo.)

La mostaza afuera, siempre la mostaza afuera de la heladera. Eso se le pegó en la frente como un papel engomado de notas cuando vio el frasco olvidado sobre la mesada de la cocina, como si la madre le hablara y le dijese eso mismo. Uno o dos días, seguro ya estaba podrida, o cortada, convertida en esa separación grumosa de líquido y sólido, mostaza tibia. Tomó la mostaza, abrió la heladera, guardó la mostaza, cerró la heladera. Pensó qué se iba a cocinar. Pensó que no tenía hambre. Pensó qué se iba a cocinar. No tenía hambre. Y la mostaza de mierda. Paladeaba con aspereza las palabras siempre iguales de la madre, que era un desordenado, un caótico, y que la mostaza iba adentro de la heladera, si no, se pudría, siempre igual vos, no te acordás ni de guardar la mostaza adentro de la heladera. Si ella se hubiera dado cuenta de cuándo la mostaza quedaba afuera de la heladera. “Ella sabía”, habló a nadie.

Había depositado sin ganas las llaves sobre la agenda con el agónico vértigo de las manos al final del día. Vio indiferente que la cocina estaba sucia, que habían quedado restos de arroz quemado alrededor de las hornallas y algunos contrastes arcaicos de comida salpicada. Sacó una botella de vino abierta que tenía en la heladera y llenó una copa grande. El tinto frío es lo mejor le hizo acordar a su padre, pero para él era lo peor. Sobre todo si era de cajita. Sobre todo si estaba frío. Sobre todo si era de su padre. Sin embargo, una amiga que sabía más que él le había dicho que las botellas abiertas se ponen en la heladera para que el vino no se oxide, y eso hacía. Después lo dejó ablandarse con la estática tibia del ambiente, servido en la copa grande. Echó unos fideos en una cacerola y después al fuego. Disfrutó con resentimiento cómo siguieron resecándose en el entorno de la llama las manchas de comida vieja y pegada. En el living encendió la música y apareció un Mozart que había dejado del día anterior con su sinfonía número cuarenta. Se le apareció fantasmal el disco negro de vinilo en las manos llenas de recuerdos como si lo estuviera tocando con los dedos, palpándole los surcos, las pistas que arañaba la púa del tocadiscos. Se le estamparon las imágenes sorpresivas y tenues de los juegos con su hermano y de los discos, de las diabluras hechas con el Winco de su madre, la misma de la mostaza, y el sonido ondular de la sinfonía cuarenta le arrastraba hacia él, tirando de la cuerda, la historia contada de aquel director de música del disco que sentía inexistente entre los dedos, recobraba del pasado ese mismo disco que escuchaba tirado en la habitación que compartía con su hermano, el disco que era de su padre y que ahora no recordaba el nombre del director que había hecho una versión original de la sinfonía número cuarenta. Cómo se llamaba este director, era conocido, y se dejó impregnar por el recuerdo de la emoción oscura del escopetazo en la boca, puta cómo se llamaba. Waldo de los Ríos se llamaba. Eso es, Waldo de los Ríos. Su padre le había contado la historia. Él sólo escuchaba el disco de etiqueta azul redondo mezclando los sabores pendulares de la sinfonía cuarenta con los sonidos de la sangre estrepitosa que se imaginaba brotar de la cabeza de Waldo de los Ríos. Sentado en el living se le vino la habitación difusa encima, los juguetes que tenían, esa manía estúpida del hermano acerca de un hilo invisible que hacía tener que recuperar las cosas por el mismo camino que habían hecho; si una pelota pasaba entre las patas de un sillón e iba a parar al medio del living no podían simplemente tomar la pelota y seguir jugando, tenían que pasarla de nuevo entre las patas, por abajo del sillón, siguiendo el camino de un hilo invisible que no se podía cortar, que no se debía cortar, o que era mejor que no se enroscara, que no se le hiciera un nudo. Formó una mueca por lo absurdo.

El día de trabajo había sido duro y pegajoso. El departamento estaba robado de luz y le ofrecía un sosiego tenue; la cocina estaba apagada y veía desde el sillón la llama azul que se escapaba en la parsimonia del gas de los fideos. Encendió el televisor y fue saltando casi inerte de un canal a otro con un único dedo movedizo, tosco y gordo, que a veces cambiaba el volumen en vez de la emisora. “En ocasiones —informaba el televisor detenido en algún canal fortuito— el crecimiento del capullo es interrumpido abruptamente por factores exógenos, como la cría de un depredador que lo rompe para comerse la crisálida pero no la come; entonces la crisálida sale del capullo antes de tiempo, con las alas todavía sin cumplir su ciclo de formación anatómica.” La imagen de un capullo que se movía gomoso se proyectó infinito en su cara a través de la oscuridad. El capullo encerado y gelatinoso tenía un agujero en una de las puntas, una rotura de bordes irregulares y un gusano luchando por salir marcha atrás bañado en líquido amniótico y baboso. Siguió escuchando: “Entonces es cuando el instinto lleva a la crisálida a extender sus alas deformes e intenta volar.” El gusano se había deshecho de la envoltura y extendido dos alas, lo más parecido a dos hojas de árbol secas y rotas, deformes; en un aleteo ridículo, espástico y humillante, el gusano cayó al piso como un caracol sin concha haciendo un engrudo entre la tierra suelta, el moco transparente y las hojas agujereadas de sus alas. Un cachorro de hurón, tal vez un oso hormiguero, lengüeteó la tierra y se lo comió con gula animal. “Y así —terminaba la voz científica del locutor— las crisálidas quedan expuestas a los depredadores después de un vuelo inútil y un desarrollo interrumpido.” Arqueó las cejas para hablar después de un sorbo de vino que sacó el gusto a crisálida del paladar y de la garganta y dijo, “Qué asco verdaderamente”. Frunció los párpados rígidos porque le pareció una casualidad mórbida la aparición del documental en el televisor. Entonces se le llenó la cara de símbolos y rayas como arrugas, de conexiones entre las cosas inconexas armando un espejo roto, las ganas de recuperar la infancia y no la infamia le corrieron vigorosas por los surcos que tenía entre los pliegues de la piel del desarrollo interrumpido, del capullo roto; las ganas de volver ahí, a la habitación donde el sol calentaba y no quemaba y jugaban con su hermano y el vinilo no le dolía ni lo raspaba. Con la mano recta, la birome casi vertical, se puso a escribir al borde del espasmo las cosas que iba entendiendo, golpeaba a veces la arista de la mesa del living con la birome, se puso a escribir esos símbolos que cada vez tomaban más integridad y escribió, escribió de la presencia densa del padre después del tinto frío de cajita desabrochándose el pantalón, que entraba en el cuarto de aire detenido y gelatinoso con la amenaza colgante y el aliento a alcohol que les decía que los dos se iban a portar bien, que se iban a quedar quietitos y callados, que no iban a decir una palabra a nadie. Raspó la punta en el papel y escribió de la comunidad muda de la madre, de la omisión muda de la madre, de las apariencias mudas de la madre, de la estupidez muda de la madre, del suicidio irremediable su hermano. “Ella sabía”, dijo con palabras habladas y no escritas y se le llenó la cara, pero esta vez de culpa y de vergüenza. ¿Y yo cómo voy a desatar el nudo? Se fue a la cocina.

Los fideos enroscaban sus cuellos largos, se resbalaban unos con otros, se movían adentro de la cacerola blanda. Enrolló uno solitario y resbaloso que se resistía al aislamiento, como un condenado a muerte que es llamado trataba de zafar del tenedor, se sacudía con otros fideos aprovechando las burbujas del agua hirviente, se pareció más al gusano resbaloso que acababa de ver en la pantalla del televisor. La boca se empastó y la garganta se hizo un río de barro. Sacó violento el tenedor del agua, buscó la copa de vino que todavía estaba fresco y le dio un sorbo dulce de buche y alivio. La crisálida se había ido. Volvió con el tenedor a buscar a su víctima al circo romano de agua hirviendo y le pareció reconocerlo entre la multitud de fideos y lo persiguió. “Ahora vas a ver, guacho de mierda”. Y lo cazó. Enroscado otra vez en los dientes del tenedor lo llevó a empaparse de agua fría en la pileta de acero, lo probó y dijo con la cara puesta alrededor del agujero mudo de la boca: “Todavía les falta”. Devolvió exonerando sin valentía al condenado y tapó la cacerola que había destapado antes. El agua chorreó escasa de espuma por los bordes y tiñó la llama de azul a naranja con un chisporroteo de agua en el fuego. Controló que no siguiera el desborde y quedó apoyado liviano sobre la mesada de mármol. Levantó la copa a contra luz, agitó el vino y vio cómo el líquido bordó bajaba en columnas lentas por las paredes de la bolsa placentaria de cristal. Su amiga le había dicho que se llamaban piernas y la velocidad con la que corrían indicaba la proporción de alcohol y de glicerina que tenía el vino. A él le parecían lágrimas silenciosas. “Ella sabía”, le volvió a decir a nadie. Y se acordó de la mostaza y de la madre. Ella sabía. Cómo no iba a saber. Cómo podía no saber. Si el hermano le dijo. Le contó. Entonces cómo no iba a saber. Ella le dijo al hermano que estaba loco. Que cómo iba a pasar eso. Que ella lo sabría si pasara. Ella sabía. Y después gritaba como loca en el velatorio. Cómo nos pudo hacer esto. Cómo desatar el nudo. Por qué me hizo esto. Cada uno lo desata como puede. Y él no le dijo: “Vos sabés, mamá, vos sabés”. Y cómo duele. No le dijo nada. “Vos sabés, mamá, vos sabés lo que papá nos hacía”, le habría dicho. “Antes de irse, mucho antes de irse, vos sabés, mamá”, habría dicho con el cajón cerrado del hermano enfrente, pero no le dijo nada. Waldo de los Ríos. Empezó a arrimar una a una palabras huecas que se le quedaban ásperas entre el paladar y la lengua. ¿Y qué iba a hacer?, ¿cómo se iba a liberar del dolor, del ardor y de la culpa, de la culpa engañosa de lo que hacen otros?, pensó pero tampoco dijo. Y sorbió lágrimas rojas del filo de la copa, pasó la lengua por el borde grueso del cristal.

Se quedó mirando el reloj colgado en la pared de la cocina. Le pareció que hacía un ruido exagerado para ser electrónico. Tenemos mecanismos. Tenemos mecanismos adentro, pensó y otra vez no dijo. Mecanismos de engranajes que se mueven y hacen que camine el segundero. Y le volvió a parecer exagerado el ruido que hacía el reloj de cuarzo. Mecanismos internos que hacen que las agujas se muevan. Y si se rompe el mecanismo, alguna aguja queda colgando, o se mueve con falsa tracción. Existen mecanismos que se rompen. Y queda un nudo en el pecho. Amontonó las palabras como basura, como si ya no dijesen nada.

El reloj en la pared le recordó que iba a colgar un plato jujeño de barro cocido que trajo del norte; había dejado el clavo listo a la mañana adentro del plato. En el último cajón guardaba algunas herramientas, restos de cables y de alambres, un pegamento de tapa ya infranqueable, algunos tornillos y tuercas huérfanas, dos pilas. Se puso de cuclillas en frente de la cajonera, la rodilla le dolía por la humedad, sentía cómo tiraba el cartílago gastado. Para que el peso del cuerpo no hiciera tanta fuerza sobre la rodilla, apoyó la espalda en los muebles y empezó a mirar quieto el primer cajón, el herraje plateado de bordes redondos, sin abrirlo. En el último estaba el martillo. Después miró el segundo cajón. El tercero. Volvió al primero. Segundo. Tercero. Y se dejó estar.

Era un martillo de mango de madera vieja, al límite con la podredumbre, y un cabezal de acero o de hierro despintado. La cabeza principal era cilíndrica y plana en la punta; en el opuesto había una cabeza más chica, una semiesfera que nunca entendió bien para qué servía cuando usaba el martillo su padre. Alguna vez supuso que era para clavos más chicos pero parecía ridículo usarla para clavos porque era casi seguro que el martillo resbalaría por la cabeza y daría de lleno en alguna de la uñas de la mano. Y después, las puteadas. Entonces directamente era mejor no usarlo de ese lado. Vio sólo el mango que sobresalía un poco del desorden que habitaba el cajón, el último cajón, una caja de Pandora de ferretero de barrio. La cabeza estaba enterrada entre pedazos de madera, tuercas y clavos, fósforos, el filo oxidado de una sierra, algunos pedazos de caño de aluminio, otras piezas que no sabía para qué servían, destornilladores, más destornilladores, una pinza, un alicate. Tomó el martillo por el mango y tiró. Algunas herramientas planearon afuera del cajón y terminaron en el suelo. Un destornillador rodó inalcanzable y silencioso debajo de la cocina donde se hacían los fideos, pero el martillo no salió. Alguna barrera silenciosa lo retenía adentro del cajón. Sintió el ruido en la rodilla cuando se paró. Así doblado, dio un tirón suave y seco al martillo que movió las herramientas pero que no lo liberó. Aseguró la mano cerca del cabezal y se irguió con una fuerza que antes no había ejercido. Llovieron entonces tuercas, tornillos, destornilladores y la pinza, todo terminó esparcido en el piso de la cocina. En la cara le quedó pegado el alivio, la frente roja de venas hinchadas y los pelos en claro desorden. Se enderezó y empujó con el pie el último cajón que no logró cerrar porque todo tipo de piezas, tal vez los rayos de un sol metálico  y estático guardado en el cajón, se asomaban impidiendo el cierre completo. Dijo “massiii”, ayudado por un gesto en la mano. El pie amontonó un poco las cosas que estaban desparramadas, entonces chocaron partes metálicas y no metálicas juntándose en una heterogénea torre de herramientas cerca del sol metálico. ¿Y yo cómo voy a desatar el nudo, cómo voy a unir las piezas rotas del espejo?

 

Cuando se dio el martillazo en el dedo soltó un alarido y voló el martillo al living. Se envolvió el dedo con la palma de la otra mano y puteó y puteó. El martillo dejó una marca, un pequeño hueco, cuando cayó con el peso del cabezal sobre el parquet. Caminó hasta el living en busca del martillo envolviendo todavía el dedo con la otra mano y pasó la punta del pie varias veces por encima del hueco que había dejado en el piso como si fuera una mancha que quisiera sacar. Se agachó y tomó el martirio, el martillo. Volvió a la cocina y sin querer pateó el montón de herramientas. Apoyó la mano sobre el mármol y volvió a darle al dedo con un sonido opaco y macizo. Esta vez le pegó con más fuerza y la uña se le puso azul azul, y pensó que tenía que seguir, que ése era el momento, cuando no sentía el dedo, así que levantó el martillo creyéndolo pesado y golpeó. Martilló otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez.

La uña fue a parar al lado de la pileta de acero y era prácticamente lo único reconocible que quedaba del dedo. Apenas le quedaba un poco de carne debajo y seguía morada como si estuviera irrigada de sangre. El resto era una pasta sanguinolenta de piel, huesos y carne esparcida sobre el mármol que parecía el cadáver del hermano atropellado por el tren. La uña era el sombrero intacto que dejó reconocer el cuerpo. La sangre blanda había brotado hacia las paredes y la heladera, y las superficies blancas jugaron a ser arte rupestre. La parte inferior de la piel del dedo había quedado pegada a la mano y abierta como una serpiente eviscerada. Dio vuelta el martillo y con la cabeza más fina, con la semiesfera que resbalaba por encima de los clavos, empezó a pegarle a la piel con golpes cortos y precisos hasta que la cortó machacándola. Y otra vez, con la cabeza más grande del martillo empezó a pegar a la palma de la mano con integridad destructiva a toda la secuencia, en el centro de la palma. Y martilló. Y otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez.

El martillo por fin agujereó la piel, deshizo la carne, cortó los tendones, los aplastó, rompió los huesos, fraccionó los huesos como pedazos de un espejo roto. La mano era una hamburguesa deshecha, una bolsa de basura mordida por perros a media noche, era un canelón de carne abierto, ésos que se pegan a la fuente y la espátula los deshace en el afán de servirlos enteros y calientes; los dedos y la mano habían desaparecido en un sin fin de martillazos, ya sobre el mármol marcado, deshecha la carne, cubierto de líquido espeso como baba oscura de crisálida tibia, y como pasado inamovible dejó esos martillazos que se daban sin querer con su hermano jugando a ser carpinteros y que ya no dolían tanto, mucho menos, casi nada. Y seguro el hermano no quiso su cuerpo deshecho en las vías, sino el de otro. Y seguro él no quiso su mano debajo del martillo, sino la de otro. Porque no era su culpa, sino la de otro. Desatar el nudo y el alivio. Y esta vez pensó y sí dijo: “Y yo que creía que me iba a pegar un tiro en la boca, como Waldo de los Ríos.”