ESPIANDO MI BIBLIOTECA


La casa de muñecas, de Katherine Mansfield, 
(Nueva Zelanda 1888-1923)


Este relato se desarrolla en el tiempo de la infancia, donde la pureza que se refleja habitualmente en los niños, hace que cada cosa aparezca en un espacio apacible, del que nadie puede sospechar y cuya propuesta ya se insinúa en las primeras líneas: Cuando la buena Hay volvió a la ciudad después de haber pasado una temporada con los Burnell, mandó a las niñas una casa de muñecas. La casa, se entiende, constituye el centro, el aspecto conciliador que brinda la “Gran Madre”, símbolo por antonomasia, de la protección. “La casa de muñecas”, paradójicamente, expulsa a sus hijas más pobres del placer del juego inocente. Habría que pensar que en este contexto, en este entorno social, el relato, tenga más connotaciones, que las que a simple vista se pueden observar.
En un núcleo social privilegiado viven las tres hermanas protagonistas. Desde un principio se nos hace difícil escapar del encanto que tiene ese regalo para ellas, y para nosotros mismos. Vemos a Isabel que por sobre sus hermanas Lottie y Kezia se siente con más poder sobre el obsequio, por ser la mayor y ejercer un fuerte tiranía sobre las menores. Es difícil no quedar cautivo por esos ambientes alfombrados de la casita de muñecas, por la cocina -que uno imagina diminuta- por las cuatro ventanas, o por esa pequeña lámpara percibidas por las niñas como auténtica, de color ámbar, que las tres hermanas Burnell contemplan con admiración y es el objeto que llamará la atención de cada uno de los personajes infantiles. 
Es nuestra mirada adulta, la que debe recaer sobre esa frescura, sobre ese candor de las hermanitas. Disfrutan del presente que les hiciera una amiga de la familia. Debemos dar de lleno, contra el engreimiento, el despotismo que demostrarán esas niñas al asistir al colegio con la lógica ansiedad de compartir con las compañeritas su entusiasmo, mientras las hermanitas Lil y Else Kelvey, las antagonistas, quedan aisladas en un rincón del patio. No nos es difícil imaginar la escena donde estas niñas comen desde un papel grasiento, en aquel recreo donde las demás se divierten. Tampoco podemos dejar de evitar el deseo de hacer justicia por nuestra propia mano, de liberar a estas dos niñas de la discriminación. 
Mansfield tiene esa cualidad, hace sentir en cada línea la intimidad, lo cercano, y corta el silencio tan virtuosamente como puede hacerlo una cuchilla sobre un hilo de algodón. Cabe aquí recordar lo que dijo sobre ella: Frieda Lawrence: “Tiene el terrible don de la proximidad” Es ella quien destaca otro comentario que atribuye a DH Lawrence: “El pariente literario más cercano de Katherine Mansfield, era Dickens, el Dickens que capta rápida y agudamente los detalles graciosos y por medio de una leve exageración (con frecuencia satírica) y de la repetición de ciertas frases mágicamente cómicas, expande un acontecimiento o una escena insignificante hasta volverlos inolvidablemente significativos”. O como también dijera de ella Leonard Woolf en su biografía, refiriéndose al interés que despertaba cuando ella se ponía a contar historias: crecía en cada ráfaga de su ingenio astringente. Este reconocimientos de intelectuales de la época le dan un lugar de privilegio en la Inglaterra victoriana. La publicación de su primer libro Preludio la vincula con Leonard Woolf y posteriormente le abre las puertas al grupo Bloomsburry, circunscrito a unos pocos, y desde ese lugar, seguramente, es desde donde Virginia Woolf, resalta en su diario íntimo la importancia que tiene para ella Katherine Mansfield: ¡No sabe escribir! Yo estaba celosa de su escritura. La única de quien he estado celosa. 
Actualmente en la introducción de “Cuentos Completos”, dice Ana María Mox sobre Mansfield: “La narración breve, género injustamente desdeñado en la Inglaterra del XIX, recobró su prestigio literario gracias a esta autora solo comparable, en el cultivo de relato, a quien reconoció siempre como su maestro: Antón Chejov. Como el gran escritor ruso, Katherine Mansfield sabía que una vida es la historia de un fracaso: un continuo deambular entre la realidad y sueño. Y sabía que era cruel.
Mansfield tenía una capacidad de contacto inmediato con el mundo natural y su facilidad para representarlo, una extraordinaria memoria visual, agudeza de oído, la agudeza de percibir la psique de su interlocutor y trasmutarse en consecuencia. Esta facilidad para adoptar diferentes máscaras, diferentes voces, es uno de los principales dotes sobre la que descansa su éxito como narradora. Estas líneas que aparecen en la introducción de Textos Privados, de alguna manera refuerza ese clima que se centra sobre las dos niñas marginadas, de hecho, nos involucra con “la casa de muñecas”, nos obliga a descubrir diferentes máscaras, diferentes voces. Estas niñas emergen de la pobreza y no tienen cómo defenderse, tampoco la autora busca una salida para la injusticia, pero sí, me atrevería a decir, manifiesta los defectos de aquella sociedad victoriana de la que participa. Esta sociedad, diferente a lo que pueda suponerse, no las ignora, sino, por el contrario, las repudia. Ellas, es decir, las Kelvey y las Burnell comparten la misma escuela, donde los familiares de los más pudientes se ven obligados a aceptar las vacantes, por carecer, el pequeño pueblo, de otros institutos dignos, deduzco, para la educación de sus hijas. Por ende, se ven obligadas a dejarlas convivir con estas compañeritas que considera detestables. Detestables y contagiosas. Como si además de haber nacido pobres, las hermanitas, Lil y Else, hubiesen nacido enfermas, he aquí el conflicto subyacente: la compañeras se desviven por ser las elegidas de las tres hermanas, todas desean ser invitadas a conocer la casita, a la que sólo podrán acceder de a dos. Las niñas ricas, o pudientes, o privilegiadas, hacen alarde de su desprecio hacia Lil y Else. Dejan, a las compañeras más pobres, aisladas, seguramente soñando con aquello que jamás podrán llegar a alcanzar.
En el final, cuando las hermanas Kelvey caminan, de vuelta de la escuela, distraídas, las sombras proyectadas sobre los ranúnculos, nos dice Mansfield, se encuentran frente a la casita de muñecas y son invitadas por Kezia, que las ve venir y desobedece la orden recibida por sus mayores, de que ellas, esas niñas, no tendrán acceso a la casa. Todavía el lector no sabe de qué modo se desarrollará el desenlace. Mansfield, hace hablar a Else por primera vez y es entonces, cuando de a poco, casi en tiempo detenido, se puede volver a oler la brisa, el crujir de alguna rama, la gorgojeo del agua, el clima: es fácil imaginarse a las hermanas con ojos soñadores descansando, lejos de toda amenaza. A partir de aquí, con virtuosismo, después del rechazo de la tía Beryl, Else le dice a su hermana, no sin antes deslizar, con un gesto tierno, una caricia sobre la pluma de su sombrero:
He visto la lamparita, dice en voz muy baja. 

Lo dice de un modo, que uno, como lector, no puede dejar de notar la voz apenas audible: percibimos la sórdida psicología de una sociedad que margina, que no brinda ninguna oportunidad a esas dos hermanas que se alían para enfrentar un mundo que no ha sido creado para ellas. 
Imaginamos que han quedado otra vez silenciadas por todos aquellos que no han podido, a pesar de todo, acallar la inocencia. 


Patricia Bence Castilla