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Una de las respuestas inmediatas es que las creencias en la figura vampírica datan desde el inicio mismo de la civilización y están ligadas a las fantasías relacionadas con la sangre. En Persia se han descubierto antiguos jarrones ornamentales donde aparecen dibujos de hombres luchando contra criaturas monstruosas que tratan de beber su sangre. Igual de antiguo es el mito babilónico de Lilitu o Lilith, relatado en leyendas judeo-cristianas. Algunos estudiosos han localizado las leyendas más antiguas de muertos vivientes bebedores de sangre en la China del siglo VI D.C.
En Mesopotamia se invocaba a los dioses protectores para que exterminaran a los Utuhu y a los Maskin, seres similares a los vampiros que eran los culpables de las enfermedades y las pestes. En el Antiguo Egipto existieron deidades vampíricas como Srun, caracterizada por tener aspecto de lobo y largos colmillos. Solían alimentarse de los cuerpos de sus víctimas humanas. Los fenicios creían en los ataques de Lilitu, espectro errante que se alimentaba de la sangre de los infantes. Kali Ma, en la India era una diosa sanguinaria y feroz, con cuatro brazos y una larga cabellera. Se le ofrecían sacrificios humanos en los que la sangre era el elemento principal. En América, el pueblo amerindio Mapuche tiene entre sus creencias la existencia de un ser vampírico conocido como el Pihuychen que atacaría principalmente a animales, pero también a humanos. Igualmente creían en la existencia de una criatura vampírica acuática conocida como Trelke-wekufe (El cuero). Los Aztecas creían en un ser vampírico conocido como Civatateo que atacaba a los niños que después morían de una extraña enfermedad.
Pero sin importar la locación geográfica o el origen cronológico, los seres humanos siempre han poblado su universo imaginario de criaturas sobrenaturales que bebían sangre. El vampiro que conocemos comúnmente es un producto de la civilización europea y tiene sus raíces en culturas como Grecia y Roma, cuyas mitologías incluyen un gran número de deidades bebedores de sangre. En los mitos griegos hallamos otros seres ligados al vampirismo como las empusas, las lamias y las harpías. De acuerdo a las fuentes clásicas la Empusa, hija de la diosa Hécate, es una criatura demoníaca con pies de bronce que se alimentaba de carne humana y para atraer a sus víctimas adoptaba la figura de una mujer joven y hermosa. Lamia (era una doncella oriunda de Libia, hija de Belo y Libia), toma venganza por el asesinato de sus hijos a mano de Hera, y se convierte en un ser monstruoso que devora a los niños o bebe su sangre [GRIMAL, Pierre. Diccionario de mitología griega y romana, Paidós, Buenos Aires, 1981]. Las harpías, cuyo nombre proviene del latín strix, que significa ave nocturna bebedora de sangre, son demonios femeninos con cuerpo de cuervo que beben la sangre de los recién nacidos y drenan la virilidad de los hombres mientras duermen. [BAROJA, Julio Caro. Las brujas y su mundo, Alianza Editorial, Madrid, 1966].
Etimológicamente, la palabra vampiro procede de la voz serbia wampira (wam=sangre, pir=monstruo), y designa al muerto que, de acuerdo con las leyendas de Transilvania, regresa a alimentarse con la sangre -y, según algunas variantes, con la carne- de los seres que en vida estuvieron más próximos a él. De tal raíz surgen las siguientes denominaciones: wampyr en holandés; wampior o upior en polaco; upir en eslovaco; upeer en ucraniano.
El vampiro estructuralmente asentado como criatura literaria, es un recién llegado a nuestra cultura. El propósito de este acotado estudio, que será presentado por partes, es el de realizar un recorrido por las primeras obras literarias que han constituido y desarrollado el personaje del vampiro, muchas de ellas inspirándose en personajes reales que, también, serán perseguidos, exhibidos y analizados en el presente trabajo. Pero no ahora, primero es necesario encontrar el agua bendita, los ajos y la estaca.
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