Proust y el amor en “A la búsqueda…”

 

 

Todo el tema de Á la recherche du temp perdu (A la búsqueda del tiempo perdido)no es sobre el tiempo, ni sobre la memoria sino sobre un aprendizaje a través de signos mundanos, del amor, sensibles y del arte.

El aprendizaje es involuntario. Se trata de un ritmo continuo de decepciones y revelaciones. Aprender es descifrar signos, jeroglíficos. Como el profeta judío se trata de interpretar a un Dios que emite signos ambiguos y hasta desea engañar. Todo lo contrario de un filósofo griego que intenta  Unidad y Logos, a través de la voluntad.

Para Proust enamorarse es individualizar por los signos que alguien emite. Sensibilizarse frente a ellos y aprender esos mundos que lleva enrollados el ser a quien se ama. Se trata de una pluralidad de mundos en cada uno de la pluralidad de los seres amados. No podemos interpretar esos signos del amado sin desembocar en esos mundos que se formaron antes de nosotros, con otras personas. No somos más que un objeto entre otros: así los gestos del amado en el mismo momento en que se dirigen a nosotros expresan ese mundo desconocido que nos excluye. Para Proust los celos son más profundos que el amor porque contienen su verdad, llegan más lejos en la interpretación de los signos. Son signos engañosos porque se dirigen escondiendo lo que expresan: el origen de los mundos desconocidos.

Proust cree que los amores heterosexuales son menos profundos que la homosexualidad. El signo de la  amada es el de Gomorra y el del amado, el de Sodoma. Poseen la clave de la predicción de Sansón: “los sexos morirán cada uno por su lado”.

Hay un Tema al que remite la serie de nuestros amores. De él y no de una persona es de quien nos enamoramos, repitiendo y olvidando a la vez. Es interesante observar que esto fue escrito al margen del psicoanálisis y contiene muchos puntos de coincidencia. Por algo Lacan estudió a Proust. La repetición amorosa es serial. El paso de un amor encuentra su ley en el olvido y no en la memoria, en la sensibilidad y no en la imaginación. Si bien la inteligencia es la que capta la verdad de estos signos, no se trata de verdades abstractas que el pensador descubre con esfuerzo y método: es preciso que la inteligencia sufra una coacción. Los signos del amor son pesares ya que implican una mentira del amado, una ambigüedad fundamental de la que nuestros celos se alimentan. El sufrimiento nos lleva a la búsqueda.

Estamos determinados a mentir al que nos ama. El encubrimiento más peligroso es el de la propia falta en el espíritu del culpable. El amante miente tanto como el amado.  Secuestra al amado, se guarda de confesarle su amor para ser más poderoso carcelero.

Lo esencial del amor es que los sexos están compartimentados, tabicados como en una flor donde los sexos sólo tienen comunicaciones transversales producidas por un Tercero, el insecto.  Este Tercero es el verdadero Tema.

El Hermafrodita original produce las dos series homosexuales divergentes. No pueden, como en la flor,  fecundarse a sí mismos sino a través de otros hermafroditas. Todas las mentiras se organizan en torno a esta homosexualidad encubierta.

En definitiva la verdad se organiza fragmentaria, como un Antilogos, como vasos cerrados, como piezas que no pueden calzar en ninguna Totalidad. Esta es la Ley Esencial del universo proustiano.