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La
gata de Ismael, el del sexto, era preciosa, a rayas
grises y negras. Nosotras le decíamos la Tigra Pacífica
porque no sabía arañar y porque tenía los ojos como
agua quieta.
Nos
visitó sólo una vez, un domingo a la tarde. Me acuerdo
de que estábamos todas en el balcón: Matilde y yo regándonos
la cabeza con una jarra, mamá fumando un cigarrillo y
la abuela apantallándose con un abanico de mimbre que
tenía dos vírgenes dibujadas a mano. Las vírgenes
iban y venían en el aire y se las veía tan blancas,
tan fresquitas, que daban envidia.
¾Andá
a ver quién es, nena
¾me
gritó la abuela cuando sonó el timbre.
Corrí descalza hasta la puerta y, sin hacer
ruido, espié por el agujero.
A mí me encantaba espiar y después
preguntar “quién es” porque, con esa táctica, ya
había pescado a la viuda del cuarto con los dedos en la
nariz, al gasista subiéndose el cierre del pantalón y
al ojo chusma del portero mirándome a mí.
Ese domingo aparecieron en el agujero la cara
de Ismael y, un poquito más abajo, la pata de la Tigra
asomándose por el borde de una manta.
¾Qué
le pasa a la gata, Ismael ¾pregunté.
¾Abrí
la puerta, nena, que tengo que hablar con tu vieja ¾me
apuró.
¾Che
Ma, es la Tigra Pacífica con Ismael.
Los
hicimos pasar al balcón. Ismael se sentó con la manta
entre las piernas.
Estaba tan colorado que la abuela lo apantalló
con fuerza pero mamá le pidió que la cortara de una
vez con el abanico porque nos iba a hacer levitar a
todos si lo seguía moviendo así.
¾Se
murió la Tigra ¾dijo
Ismael.
Y
tosió como si fuera a escupir todo lo que tenía
adentro. Pobre, lo habían operado un montón de veces en el último año.
La cara se le llenó de agua; no sabíamos si
transpiraba o si lloraba; yo creo que lloraba. Matilde
le dio un vaso de soda, mamá le tocó el hombro
diciendo “lo único que te faltaba”y la abuela se
hizo la señal de la cruz. Yo me acerqué a las piernas
de Ismael; quería saber si la Tigra tenía los ojos
abiertos o cerrados.
¾Falleció
ayer a la noche. No sé si fue el calor o que ya
estaba un poco harta de vivir. Tan linda que era, miren
cómo quedó.
A Matilde y a mí no nos pareció de mal
gusto que Ismael nos mostrara el cadáver. A mamá y a
la abuela, sí: al otro día comentaron que había sido
muy desubicado, que dónde se había visto eso de
exhibir a un muerto en una casa de familia, y más de
mujeres solas, sin avisar antes. Pero en el momento en
que Ismael abrió la manta no dijeron nada y también
miraron a la Tigra.
Sí, cómo había quedado: las cuatro patas
apuntando al cielo, los pelos de la panza como flechas,
los bigotes retorcidos. Le cerré los ojos.
¾No
tengo donde enterrarla. Estamos tapados de edificios, ya
no hay baldíos, y quién puede comprarse una casa con
patio, ¡los de siempre! Mientras tanto, nosotros,
condenados a vivir en estas pajareras ¾se
quejó Ismael¾.
Tampoco puedo pagar un cementerio de animales... y a la
basura, ¡no la pienso tirar!
¾Dios
no lo permita, querido ¾dijo
la abuela. Y empezó a rezar un Ave María.
¾A
esta altura, yo creo que los bichos deberían terminar
en nuestros cementerios
¾intervino
mamá encendiendo otro cigarrillo¾.
Se cava una fosa al lado de las tumbas de la familia o
se agrega un ataúd en el nicho o en la bóveda y chau.
Si casi no ocupan lugar. Claro que si uno tiene un perro
San Bernardo o un Gran Danés...
¾agregó.
Y se quedó callada, con cara de pensar.
Ismael tapó a la Tigra con la manta.
¾No
tengo a nadie cerca; ni vivo ni muerto. Necesito que me
ayuden ¾suplicó¾.
La Tigra se merece volver a la tierra, como Dios manda.
¾¿Y
si esta noche la enterramos en la plaza? ¾propuse¾.
Casi nunca hay nadie y además está a oscuras: tiene
todos los faroles rotos.
La abuela empezó un Padre Nuestro y la miró
a mamá. Matilde dijo que en la terraza había visto una
pala grande, de pocero. A Ismael se le fue casi toda el
agua de la cara.
Quedamos en encontrarnos en la planta baja,
la abuela incluida, a la medianoche.
La sombra de la pala se dibujaba en la
vereda. Yo quería pisarla pero no podía.
Íbamos en fila, vestidos de negro, aunque hacía
tanto calor que mucha ropa no llevábamos. Primero,
Ismael, con la Tigra Pacífica en una caja de cartón.
Detrás, mamá, fumando. Me acuerdo de que cuando me
cansaba de la sombra de la pala, miraba subir y bajar la
punta naranja del cigarrillo. Después, la abuela, con
un rosario de plástico enroscado en la mano. Al final,
Matilde y yo, cargando la pala de pocero.
En
la calle no había un alma; creo que ni siquiera la de
la Tigra. Todo el mundo tenía aire acondicionado así
que las ventanas de los edificios y de las casas estaban
cerradas. Nosotras también teníamos un aire
acondicionado pero se había roto en Navidad y no hubo
plata para arreglarlo.
La abuela me había contado que, cuando ella
era chica, la gente conversaba o tomaba mate en las
veredas. Ahora
sólo se veían rejas. Las miré y le pregunté a
Matilde si sabía a qué le tenía tanto miedo la gente.
Contestó que, por el tamaño de las rejas, debía ser a
algo muy poderoso.
Cuando llegamos a la plaza me dolían un poco
los brazos. Paramos cerca del bebedero para tomar agua.
No andaba. La abuela dijo que la culpa de que a nadie le
interesaran las plazas la tenía Internet.
Dejamos que Ismael eligiera el lugar para la
Tigra. Estaba indeciso: que cerca del bebedero, que
abajo del eucalipto, que mejor al lado del roble, decía
agitando las manos y sin llegar a ninguna conclusión.
¾Ismael,
querido ¾lo
interrumpió mamá¾.
No tenemos toda la noche. Todavía hay que cavar el pozo
y vamos a tardar un rato. A ver si te decidís y
arrancamos con el sepelio.
Pero Ismael no se decidía. Entonces Matilde
señaló un sauce eléctrico.
El sauce parecía un enredo de serpentinas
verdes. A mí me encantó la sugerencia de Matilde
porque imaginé que si había otra vida después de la
muerte, como una vez me había explicado la abuela, la
Tigra se divertiría mirando las serpentinas. Y si no
había nada, como me había dicho mamá, por lo menos me
divertiría yo cuando fuera a visitarla.
¾Dale,
Ismael, enterrémosla abajo del sauce eléctrico ¾dije.
No contestó pero, cuando le conté lo que
había imaginado, se le llenó la cara de agua otra vez.
Caminamos hacia el sauce. Un hombre dormía
sobre un banco; tenía los pantalones agujereados.
Cuando llegamos, Ismael apoyó la caja sobre
la tierra. Murmuró algo que no entendí. Nos quedamos
callados, mirando las serpentinas. “Parecen víboras
finitas”, dije. A nadie le gustó la comparación.
Mamá decidió que las mujeres cavaríamos el
pozo. La abuela también quiso cavar pero le dijimos que
mejor rezara el rosario, que para algo lo había traído
hasta la plaza.
Le entregamos la pala a mamá. La abuela
rezaba como una monja sin túnica. Cada tanto se oía
un “llena
eres de gracia” de Ismael. Más que a la virgen, parecía
que se lo decía a la Tigra.
Con la punta de la pala, mamá dibujó un círculo.
Empezó a cavar. Lástima que a las dos paladas le vino
la tos de perro. Como rogando aire, se abrazó al mango
de la pala pero no hubo caso: tosía más y más fuerte.
¾Ese
cigarrillo te va a terminar matando, te lo dije
cincuenta veces ¾se
enojó la abuela.
Mamá no le contestó, pero nos pasó la pala
a Matilde y a mí.
No sé cuánto tardamos en cavar el pozo.
Creo que cuando estuvo listo, la abuela nos retó porque
nadie se había acordado de las flores.
Ismael se sentó al lado de la caja, con las
piernas estiradas. La abrió. Sacó una sábana blanca y
una cruz de metal. Sacó a la Tigra, la acostó entre
las piernas y cuando acercó la boca al cuello de la
gata, como para darle un beso, se desplomó.
Pensamos que se había desmayado. Pero no.
Al final, mamá le acomodó la cara, la
abuela le colgó el rosario de plástico y Matilde lo
envolvió en la sábana, junto con la Tigra.
Yo empuñé otra vez la pala: necesitábamos un
pozo mucho más grande.
¾Te
ayudo, querida ¾dijo
la abuela. Y empezó a escarbar la tierra con las manos.
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