Jimena Elizondo

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Nació en la provincia de Buenos Aires en 1972. Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación con Orientación en Periodismo de la Universidad de Buenos Aires. Participa en los talleres literarios de Liliana Díaz Mindurry desde el año 2005.
 

Yo también

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Le dije que había vuelto a ver a la mujer pasándole un pedazo de carne al gato por debajo de la reja, como si nosotros no le diéramos de comer, qué pensarán los vecinos, que no tenemos ni para el gato, pero cuando le dije, ni siquiera me miró y al rato se levantó y se encerró en el baño, claro, qué le importa, total, la que se encuentra con ellos en el supermercado, en la farmacia, en la panadería, soy yo, yo, que a la noche, a eso de las once, por lo general los martes y jueves, mientras empiezo a lavar los platos, la veo acercarse con la bolsita colgándole de una mano y esos tacones del tiempo de ñaupas, como diría mamá, y un tapado verde que le llega hasta los tobillos y michimichi y el desgraciado del gato que dispara hacia la bolsita, si será angurriento, el hueso lo tengo que ir a juntar yo porque él encerrado en el baño, o mirando en la televisión esos partidos que ya no sé si son de fútbol, de básquet o de tenis porque mientras haya una pelota girando él mira lo que sea, o tirado en la cama escuchando la radio, los ojos clavados en el cielo raso, que de raso no tiene nada porque está cubierto de cascarones, y yo que le llevo un té, que quiero conversar, aunque sea contarle que anoche volví a ver a la mujer pasándole un pedazo de carne al gato, que otra vez, antes del michimichi, ella marcó la carne con esas uñas pintadas de colorado que tiene, que le volví a gritar desde la ventana que se fuera a darle de comer a los gatos abandonados, que quién se creía que era para pasar la mano por debajo de la reja, para acariciar al gato, que será un angurriento pero que es nuestro, y entonces ella se abrió el tapado de par en par y estaba desnuda y se quedó mirándome así, con una mano sobre el pecho, las uñas coloradas parecían gotas de sangre, el gato le olía los tacones y pensé que era demasiado, pero me dio miedo salir al patio, abrir la reja, mirarla de cerca, todo eso quiero contarle a él, porque esa mujer, de dónde habrá sacado la plata para comprarse el tapado verde, tan lindo que es, su pelo debe estar teñido porque es muy oscuro, casi siempre lo lleva suelto, y su cara está llena de arrugas pero alrededor de la boca creo que la piel es lisa, cuando mira hacia la ventana a donde estoy lavando los platos, no sé si se ríe o si se está por largar a llorar, como me pasa a mí ahora, que no sé si reírme o si llorar porque esta casa se volvió muda, porque al gato cualquier colectivo lo deja bien y una noche se nos va a escapar, porque mis uñas están todas comidas y él que sigue encerrado en el baño, pero qué hace, por qué no quiere conversar, cuando se jubile va a ser peor, cada uno en sus cosas, yo en la cocina, él en el comedor con esa maldita televisión, si nunca practicó ningún deporte, por qué le interesan tanto esos partidos, por qué no puedo ver alguna película vieja, una telenovela, hace unos días soñé con el parque adonde mamá me llevaba cuando era chica, ella y yo éramos gigantes, más altas que todos los árboles, yo arrancaba las hojas de los árboles que me gustaban, le preguntaba cómo se llamaban esos árboles pero no entendía lo que me contestaba, eran nombres extraños, con muchas zetas y muchas ve cortas, quería pronunciarlos pero no podía, el pelo de mamá brillaba como una hoja más a la luz del sol y en sus ojos aparecían los gatos abandonados, las hamacas, los toboganes, el señor que vendía garrapiñadas y esas manzanas abrillantadas con pochoclos incrustados y esos copos de azúcar que en el sueño eran colorados y puntiagudos como las uñas de la mujer, esa mujer que anoche volvió a pasarle un pedazo de carne al gato por debajo de la reja, esa mujer que no sé de dónde viene, hacia adónde va, cuántos años tendrá, por qué anoche se abrió el tapado verde, por qué me mostró ese cuerpo gastado, yo también tengo un tapado que me regaló mamá, pero es negro con botones de madera, yo también tengo diez uñas que me voy a dejar crecer y un cuerpo gastado y una bolsita tejida para llevar la carne y los vueltos que me sobran de las compras, y con el tapado y la bolsita y la plata de los vueltos, mañana, cuando la vea acercarse a la reja, voy a salir al patio, y le voy a decir que la acompaño adonde sea que vaya, que nos llevamos al gato, y le voy a pedir que me tiña el pelo y que me pinte las uñas y no voy a mirar atrás cuando abra la reja.  

 

 

La Tigra Pacífica

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La gata de Ismael, el del sexto, era preciosa, a rayas grises y negras. Nosotras le decíamos la Tigra Pacífica porque no sabía arañar y porque tenía los ojos como agua quieta.

Nos visitó sólo una vez, un domingo a la tarde. Me acuerdo de que estábamos todas en el balcón: Matilde y yo regándonos la cabeza con una jarra, mamá fumando un cigarrillo y la abuela apantallándose con un abanico de mimbre que tenía dos vírgenes dibujadas a mano. Las vírgenes iban y venían en el aire y se las veía tan blancas, tan fresquitas, que daban envidia.

¾Andá a ver quién es, nena  ¾me gritó la abuela cuando sonó el timbre.

Corrí descalza hasta la puerta y, sin hacer ruido, espié por el agujero.

A mí me encantaba espiar y después preguntar “quién es” porque, con esa táctica, ya había pescado a la viuda del cuarto con los dedos en la nariz, al gasista subiéndose el cierre del pantalón y al ojo chusma del portero mirándome a mí. 

Ese domingo aparecieron en el agujero la cara de Ismael y, un poquito más abajo, la pata de la Tigra asomándose por el borde de una manta.

¾Qué le pasa a la gata, Ismael ¾pregunté.

¾Abrí la puerta, nena, que tengo que hablar con tu vieja ¾me apuró.

¾Che Ma, es la Tigra Pacífica con Ismael.

Los hicimos pasar al balcón. Ismael se sentó con la manta entre las piernas.  Estaba tan colorado que la abuela lo apantalló con fuerza pero mamá le pidió que la cortara de una vez con el abanico porque nos iba a hacer levitar a todos si lo seguía moviendo así.

¾Se murió la Tigra ¾dijo Ismael.   

Y tosió como si fuera a escupir todo lo que tenía adentro.  Pobre, lo habían operado un montón de veces en el último año. La cara se le llenó de agua; no sabíamos si transpiraba o si lloraba; yo creo que lloraba. Matilde le dio un vaso de soda, mamá le tocó el hombro diciendo “lo único que te faltaba”y la abuela se hizo la señal de la cruz. Yo me acerqué a las piernas de Ismael; quería saber si la Tigra tenía los ojos abiertos o cerrados.

¾Falleció ayer a la noche. No sé si fue el calor o que ya estaba un poco harta de vivir. Tan linda que era, miren cómo quedó.

A Matilde y a mí no nos pareció de mal gusto que Ismael nos mostrara el cadáver. A mamá y a la abuela, sí: al otro día comentaron que había sido muy desubicado, que dónde se había visto eso de exhibir a un muerto en una casa de familia, y más de mujeres solas, sin avisar antes. Pero en el momento en que Ismael abrió la manta no dijeron nada y también miraron a la Tigra.

Sí, cómo había quedado: las cuatro patas apuntando al cielo, los pelos de la panza como flechas, los bigotes retorcidos. Le cerré los ojos. 

¾No tengo donde enterrarla. Estamos tapados de edificios, ya no hay baldíos, y quién puede comprarse una casa con patio, ¡los de siempre! Mientras tanto, nosotros, condenados a vivir en estas pajareras ¾se quejó Ismael¾. Tampoco puedo pagar un cementerio de animales... y a la basura, ¡no la pienso tirar!

¾Dios no lo permita, querido ¾dijo la abuela. Y empezó a rezar un Ave María. 

¾A esta altura, yo creo que los bichos deberían terminar en nuestros cementerios  ¾intervino  mamá encendiendo otro cigarrillo¾. Se cava una fosa al lado de las tumbas de la familia o se agrega un ataúd en el nicho o en la bóveda y chau. Si casi no ocupan lugar. Claro que si uno tiene un perro San Bernardo o un Gran Danés...  ¾agregó. Y se quedó callada, con cara de pensar.

Ismael tapó a la Tigra con la manta.

¾No tengo a nadie cerca; ni vivo ni muerto. Necesito que me ayuden  ¾suplicó¾. La Tigra se merece volver a la tierra, como Dios manda.

   ¾¿Y si esta noche la enterramos en la plaza? ¾propuse¾. Casi nunca hay nadie y además está a oscuras: tiene todos los faroles rotos.   

La abuela empezó un Padre Nuestro y la miró a mamá. Matilde dijo que en la terraza había visto una pala grande, de pocero. A Ismael se le fue casi toda el agua de la cara.

Quedamos en encontrarnos en la planta baja, la abuela incluida, a la medianoche.

 

 

La sombra de la pala se dibujaba en la vereda. Yo quería pisarla pero no podía.  Íbamos en fila, vestidos de negro, aunque hacía tanto calor que mucha ropa no llevábamos. Primero, Ismael, con la Tigra Pacífica en una caja de cartón. Detrás, mamá, fumando. Me acuerdo de que cuando me cansaba de la sombra de la pala, miraba subir y bajar la punta naranja del cigarrillo. Después, la abuela, con un rosario de plástico enroscado en la mano. Al final, Matilde y yo, cargando la pala de pocero.

En la calle no había un alma; creo que ni siquiera la de la Tigra. Todo el mundo tenía aire acondicionado así que las ventanas de los edificios y de las casas estaban cerradas. Nosotras también teníamos un aire acondicionado pero se había roto en Navidad y no hubo plata para arreglarlo.

La abuela me había contado que, cuando ella era chica, la gente conversaba o tomaba mate en las veredas.  Ahora sólo se veían rejas. Las miré y le pregunté a Matilde si sabía a qué le tenía tanto miedo la gente. Contestó que, por el tamaño de las rejas, debía ser a algo muy poderoso.

Cuando llegamos a la plaza me dolían un poco los brazos. Paramos cerca del bebedero para tomar agua. No andaba. La abuela dijo que la culpa de que a nadie le interesaran las plazas la tenía Internet.

Dejamos que Ismael eligiera el lugar para la Tigra. Estaba indeciso: que cerca del bebedero, que abajo del eucalipto, que mejor al lado del roble, decía agitando las manos y sin llegar a ninguna conclusión. 

¾Ismael, querido ¾lo interrumpió mamá¾. No tenemos toda la noche. Todavía hay que cavar el pozo y vamos a tardar un rato. A ver si te decidís y arrancamos con el sepelio.

Pero Ismael no se decidía. Entonces Matilde señaló un sauce eléctrico.

El sauce parecía un enredo de serpentinas verdes. A mí me encantó la sugerencia de Matilde porque imaginé que si había otra vida después de la muerte, como una vez me había explicado la abuela, la Tigra se divertiría mirando las serpentinas. Y si no había nada, como me había dicho mamá, por lo menos me divertiría yo cuando fuera a visitarla.

¾Dale, Ismael, enterrémosla abajo del sauce eléctrico ¾dije.

No contestó pero, cuando le conté lo que había imaginado, se le llenó la cara de agua otra vez.

Caminamos hacia el sauce. Un hombre dormía sobre un banco; tenía los pantalones agujereados. 

Cuando llegamos, Ismael apoyó la caja sobre la tierra. Murmuró algo que no entendí. Nos quedamos callados, mirando las serpentinas. “Parecen víboras finitas”, dije. A nadie le gustó la comparación.

Mamá decidió que las mujeres cavaríamos el pozo. La abuela también quiso cavar pero le dijimos que mejor rezara el rosario, que para algo lo había traído hasta la plaza.

Le entregamos la pala a mamá. La abuela rezaba como una monja sin túnica. Cada tanto se oía  un  “llena eres de gracia” de Ismael. Más que a la virgen, parecía que se lo decía a la Tigra. 

Con la punta de la pala, mamá dibujó un círculo. Empezó a cavar. Lástima que a las dos paladas le vino la tos de perro. Como rogando aire, se abrazó al mango de la pala pero no hubo caso: tosía más y más fuerte.

¾Ese cigarrillo te va a terminar matando, te lo dije cincuenta veces ¾se enojó la abuela. 

Mamá no le contestó, pero nos pasó la pala a Matilde y a mí.

No sé cuánto tardamos en cavar el pozo. Creo que cuando estuvo listo, la abuela nos retó porque nadie se había acordado de las flores.

Ismael se sentó al lado de la caja, con las piernas estiradas. La abrió. Sacó una sábana blanca y una cruz de metal. Sacó a la Tigra, la acostó entre las piernas y cuando acercó la boca al cuello de la gata, como para darle un beso, se desplomó.

Pensamos que se había desmayado. Pero no.

Al final, mamá le acomodó la cara, la abuela le colgó el rosario de plástico y Matilde lo envolvió en la sábana, junto con la Tigra.  Yo empuñé otra vez la pala: necesitábamos un pozo mucho más grande.

¾Te ayudo, querida  ¾dijo la abuela. Y empezó a escarbar la tierra con las manos.