Carlos Carioli

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Nació en Morón, Provincia de Buenos Aires, el 11 de mayo de 1965.
Premios y menciones: 
Mención Especial en el Premio Arcano1993, por el cuento ¨Misteriosa Atracción¨
Finalista en el Concurso de Poesía ¨Centro de Estudios Poéticos¨ España 2005
Finalista en el Concurso de Poesía ¨Mis Escritos¨ 2005
Finalista en el Concurso de Poesía ¨Pazos en la Azotea¨ México 2005
Finalista en el Concurso Hispanoamericano de Poesía y Cuento Corto ¨Isaac Asimov¨ México 2006
Finalista en el Concurso de Poesía ¨Centro de Estudios Poéticos¨ España 2006
Primer Premio en el III Concurso Nacional Macedonio Fernández de poesía y narrativa breve, pon el cuento ¨El Doble¨ 2006

 

Poemas y Cuentos publicados en Antologías

1º Premio Cuento

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Quieto 

Entonces escribió, escribió en el cuaderno que tenía para escribir cosas que quería escribir, o que se le imponían escribir, o cosas que no podía dejar de escribir, entonces escribió.   Y mientras escribía el humo del cigarrillo le dibujaba gris una línea que le dividía en forma despareja la cara y se le metía dentro del ojo y él ponía cara como si le pinchara o lo engrisara.   Y así, con esa cara en puntería, escribió lo que escribió.

Me dijo que estaba quieto, muy quieto, quieto como nunca había estado, quieto como un árbol, como un axolotl, quieto como un gallo, o como el orgullo, y que las cosas, esas cosas que siempre están ahí como cosas,  no estaban. 

Estaba quieto, quieto porque había dejado un cigarrillo sobre el cenicero y lo había visto consumirse lentamente, solo una pitada le había dado y lo dejé sobre el cenicero, y lo vi consumirse como si hubiera visto un caracol caminar por el borde de la mesa.  Miraba el humo, la columna de humo que empezaba a ondularse a determinada altura y luego se deshacía y seguía en olor deshecho por todos lados, y estaba quieto en el sillón, tenía la nuca apoyada sobre el respaldo y los dos talones sobre el parquét, estaba quieto mirando cómo se consumía, cómo el tabaco se convertía en humo y el humo en olor.

Me dijo que estaba quieto, muy quieto, quieto como nunca había estado, quieto como un árbol, como un axolotl, quieto como un gallo, o como el orgullo, y que las cosas, esas cosas que siempre están ahí como cosas,  no estaban. 

Estaba  quieto  y  escuchaba  mi  respiración, ahí  había   un ritmo  involuntario que me hipnotizaba, algo que hacía que me quedara quieto, inmóvil, quieto como un ojo asombrado.  Quería sostener lo involuntario de la respiración y por eso estaba quieto, siempre tuve la idea de que si uno se queda quieto tiene una mayor percepción de las cosas, pero la respiración empezó a entrecortarse, a acelerarse, a encontrar otros ritmos y a modificarlos.  Estaba quieto, transpiraba, la respiración respiraba sola, había perdido el ritmo uniforme de la quietud, entonces encendí un cigarrillo, le di una pitada y lo dejé sobre el cenicero.  Estaba quieto, quieto porque había dejado un cigarrillo sobre el cenicero y lo había visto consumirse lentamente, solo una pitada le había dado y lo dejé sobre el cenicero, y lo vi consumirse como si hubiera visto un caracol caminar por el borde de la mesa.  Miraba el humo, la columna de humo que empezaba a ondularse a determinada altura y luego se deshacía y seguía en olor deshecho por todos lados, y estaba quieto en el sillón, tenía la nuca apoyada sobre el respaldo y los dos talones sobre el parquét, estaba quieto mirando cómo se consumía, cómo el tabaco se convertía en humo y el humo en olor.

Me dijo que estaba quieto, muy quieto, quieto como nunca había estado, quieto como un árbol, como un axolotl, quieto como un gallo, o como el orgullo, y que las cosas, esas cosas que siempre están ahí como cosas,  no estaban. 

Estaba quieto, quieto y parado frente a la ventana, quieto después del portazo que cortó la ultima frase y dejo caer una ierda sobre el piso, que quedó ahí, en el pasillo de entrada, quieto porque no sabía si abrir la puerta y correrla o sentarme en el sillón y encender un cigarrillo.  Di dos o tres pasos hacia delante y me agaché en cuclillas sobre la ierda que estaba ahí tirada, no se movía, me daba como lástima la ierda ahí tirada y dije con una voz suave y aguda, dos veces dije:  ierda,  ierda, pero la ierda no se movía, estaba tirada y quieta,  entonces  acerqué el dedo  y  apenas la  empujé  me di cuenta de que no estaba.   Caminé despacio hasta el sillón y me senté.  Me quedé quieto.  Estaba quieto y escuchaba mi respiración, ahí había un ritmo involuntario que me hipnotizaba, algo que hacía que me quedara quieto, inmóvil, quieto como un ojo asombrado.  Quería sostener lo involuntario de la respiración y por eso estaba quieto, siempre tuve la idea de que si uno se queda quieto tiene una mayor percepción de las cosas, pero la respiración empezó a entrecortarse, a acelerarse, a encontrar otros ritmos y a modificarlos.  Estaba quieto, transpiraba, la respiración respiraba sola, había perdido el ritmo uniforme de la quietud, entonces encendí un cigarrillo, le di una pitada y lo dejé sobre el cenicero.  Estaba quieto, quieto porque había dejado un cigarrillo sobre el cenicero y lo había visto consumirse lentamente, solo una pitada le había dado y lo dejé sobre el cenicero, y lo vi consumirse como si hubiera visto un caracol caminar por el borde de la mesa.  Miraba el humo, la columna de humo que empezaba a ondularse a determinada altura y luego se deshacía y seguía en olor deshecho por todos lados, y estaba quieto en el sillón, tenía la nuca apoyada sobre el respaldo y los dos talones sobre el parquét, estaba quieto mirando cómo se consumía, cómo el tabaco se convertía en humo y el humo en olor.

Me dijo que esa noche escribió, que escribió esas cosas que tenía para escribir, no para decir, porque él no escribía porque tenía cosas que decir, para eso las decía, él escribía las cosas que tenía para escribir, el escribía para escribir, dijo y se quedó mudo unos segundos.   

Ahora tengo escrita esa ierda que levanté del piso, así, mutilada cómo estaba la escribí.

Dijo que estuvo horas escribiendo, que no sabía bien donde estaba, porque había un sillón, pero también una heladera y después no había ni sillón ni heladera, pero estaba él escribiendo esas cosas que tenía para escribir, solo, solo con la ierda en  el piso y  con la  ierda escrita en la hoja, y escribía, escribía un cuento, o parte de una novela, o un poema.

Le agarré la pollera para que no se alejara, una pollera negra muy corta, ella se alejó igual y sin pollera era mucho más salvaje.   Estaba quieto, quieto con la pollera negra en la mano, con el deseo en los ojos, quieto, sin decir nada, solo podía mirarla ahí parada, despeinada, enfurecida, tenía la bombacha con pliegues, con restos de movimientos, y estaba ahí  parada  semidesnuda, semisalvaje, y yo estaba quieto, quieto con la pollera negra en la mano.  Empezó a decir muchas cosas juntas, cosas que se superponían, cosas que tenía para decir, porque ella decía las cosas que tenía para decir, siempre tenía cosas para decir, cada día tenía más cosas para decir, entonces las cosas para decir se le iban acumulando y las decía todas juntas, superpuestas porque no le daba la boca para contenerlas.  Lo último que dijo fue lo que cortó con el portazo.

Estaba quieto, quieto y parado frente a la ventana, quieto después del portazo que cortó la ultima frase y dejo caer una ierda sobre el piso, que quedó ahí, en el pasillo de entrada, quieto porque no sabía si abrir la puerta y correrla o sentarme en el sillón y encender un cigarrillo.  Di dos o tres pasos hacia delante y me agaché en cuclillas sobre la ierda que estaba ahí tirada, no se movía, me daba como lástima la ierda ahí tirada y dije con una voz suave y aguda, dos veces dije:  ierda,  ierda, pero la ierda no se movía, estaba tirada y quieta, entonces acerqué el dedo y apenas la empujé me di cuenta de que no estaba.   Caminé despacio hasta el sillón y me senté.  Me quedé quieto.  Estaba quieto y escuchaba mi respiración, ahí había un ritmo involuntario que me hipnotizaba, algo que hacía que me quedara quieto, inmóvil, quieto como un ojo asombrado.  Quería sostener lo involuntario de la respiración y por eso estaba quieto, siempre tuve la idea de que si uno se queda  quieto tiene una  mayor percepción  de  las  cosas, pero la respiración empezó a entrecortarse, a acelerarse, a encontrar otros ritmos y a modificarlos.  Estaba quieto, transpiraba, la respiración respiraba sola, había perdido el ritmo uniforme de la quietud, entonces encendí un cigarrillo, le di una pitada y lo dejé sobre el cenicero.  Estaba quieto, quieto porque había dejado un cigarrillo sobre el cenicero y lo había visto consumirse lentamente, solo una pitada le había dado y lo dejé sobre el cenicero, y lo vi consumirse como si hubiera visto un caracol caminar por el borde de la mesa.  Miraba el humo, la columna de humo que empezaba a ondularse a determinada altura y luego se deshacía y seguía en olor deshecho por todos lados, y estaba quieto en el sillón, tenía la nuca apoyada sobre el respaldo y los dos talones sobre el parquét, estaba quieto mirando cómo se consumía, cómo el tabaco se convertía en humo y el humo en olor.

Dijo que tenía escrita la ierda que levantó del piso, así, mutilada como estaba la escribió.  Las cosas son como son, dijo, hay cosas para ser dichas y cosas para ser escritas.  La ierda la escribí con hache, dijo, para que no esté desamparada, para abrigarla.   También dijo que ella solo decía cosas para decir, y que a veces escribía porque tenía cosas para decir y cómo él no estaba se las dejaba dichas escritas sobre un papel.  El sólo escribía por necesidad.

Ella decía muchas cosas, él solo escuchaba algunas, otras no, escuchaba las que eran escribibles, las que decía porque las tenía que decir las trataba de transformar en cosas para escribir, si podía.  Ella decía mucho, mucho de mucho acumulado embrollado y húmedo, mucho, tanto que le caían palabras por la mejilla, palabras no dichas, palabras que las esperaba el olvido, era una gran bolsa de palabras, tenía palabras para hablar por años, ella hablaba porque tenía cosas que decir, escribía   porque tenía cosas que decir, peleaba porque tenía cosas que decir, caminaba porque tenía cosas que decir, no dormía porque tenía cosas que decir, tenía cosas que decir porque tenía cosas que decir.  El escribía.

Estábamos sentados, después de cenar, en los sillones, ella estaba en el sillón que está frente a mí, tomábamos vino, hablábamos, hablábamos de lo que era escribible y de lo que no, de lo que era decible y de lo que no.  Dejó el vaso sobre la mesa y me miró a los ojos, sin decirme nada, y entendí que quería más vino, entonces llené la copa y la miré a los ojos, no dijo nada.  Estaba quieto, quieto en el sillón, quieto,  con la copa llena de vino, quieta,  aferrada entre mis dedos. Había cosas,  de esas cosas que siempre están ahí como cosas,  que no estaban.  Ella  no entendía, tampoco sabía, porque después esas cosas que había y que estaban ahí como cosas no iban a estar, pero ella todavía no lo sabía, porque no se daba cuenta de las cosas que ya no estaban.  Estaba quieto, quieto mirándola sentada en el sillón y me daba cuenta de que algo ya no estaba, pero no sabía qué, entonces me daban ganas de escribir y por eso no hablaba.  Ella me preguntaba porqué no hablaba y yo no hablaba, porque para responderle tenía que hablar y yo tenía cosas que escribir.

Había desaparecido un encendedor, que no encontrábamos, le pedí  fuego para encender un cigarrillo y no encontró el encendedor, yo tampoco pude encontrarlo, lo buscamos ahí entre las cosas que estaban y no estaba y no pudimos encontrarlo.  Entonces me puse a escribir y escribí ¨encendedor¨ y ella me pregunto que escribía, y le dije que escribía lo que tenía para escribir, que tenía esas cosas que siempre estuvieron ahí como cosas y que ya no estaban.  Ella se puso de pié, se acercó despacio hacia donde yo estaba, entonces dejé el cuaderno sobre la mesa y vi que algo no estaba, volví a agarrar el cuaderno y escribí ¨algo¨, ella le pegó un cachetazo al cuaderno y lo tiró al suelo.  Le agarré la pollera para que no se alejara, una pollera negra muy corta, ella  se alejó igual y sin pollera era mucho más salvaje.   Estaba quieto, quieto con la pollera negra en la mano, con el deseo en los ojos, quieto, sin decir nada, solo podía mirarla ahí parada, despeinada, enfurecida, tenía la bombacha con pliegues, con restos de movimientos, y estaba ahí  parada  semidesnuda, semisalvaje, y yo estaba quieto, quieto con la pollera negra en la mano.  Empezó a decir muchas cosas juntas, cosas que se superponían, cosas que tenía para decir, porque ella decía las cosas que tenía para decir, siempre tenía cosas para decir, cada día tenía más cosas para decir, entonces las cosas para decir se le iban acumulando y las decía todas juntas, superpuestas porque no le daba la boca para contenerlas.  Lo último que dijo fue lo que cortó con el portazo.

Estaba quieto, quieto y parado frente a la ventana, quieto después del portazo que cortó la ultima frase y dejo caer una ierda sobre el piso, que quedó ahí, en el pasillo de entrada, quieto porque no sabía si abrir la puerta y correrla o sentarme en el sillón y encender un cigarrillo.  Di dos o tres pasos hacia delante y me agaché en cuclillas sobre la ierda que estaba ahí tirada, no se movía, me daba como lástima la ierda ahí tirada y dije con una voz suave y aguda, dos veces dije:  ierda,  ierda, pero la ierda no se movía, estaba tirada y quieta, entonces acerqué el dedo y apenas la empujé me di cuenta de que no estaba.   Caminé despacio hasta el sillón y me senté.  Me quedé quieto.  Estaba quieto y oía mi respiración, ahí había un ritmo involuntario que me hipnotizaba, algo que hacía que me quedara quieto, inmóvil, quieto como un ojo asombrado.  Quería sostener lo involuntario de la respiración y por eso estaba quieto, siempre tuve la idea de que si uno se queda quieto tiene una mayor percepción de las cosas, pero la respiración empezó a entrecortarse, a acelerarse, a encontrar otros ritmos y a modificarlos.   Estaba   quieto,  transpiraba,  la  respiración  respiraba  sola,  había perdido el ritmo uniforme de la quietud, entonces encendí un cigarrillo, le di una pitada y lo dejé sobre el cenicero.  Estaba quieto, quieto porque había dejado un cigarrillo sobre el cenicero y lo había visto consumirse lentamente, solo una pitada le había dado y lo dejé sobre el cenicero, y lo vi consumirse como si hubiera visto un caracol caminar por el borde de la mesa.  Miraba el humo, la columna de humo que empezaba a ondularse a determinada altura y luego se deshacía y seguía en olor deshecho por todos lados, y estaba quieto en el sillón, tenía la nuca apoyada sobre el respaldo y los dos talones sobre el parquét, estaba quieto mirando cómo se consumía, cómo el tabaco se convertía en humo y el humo en olor.

Dijo que tenía algo escrito, algo que había desaparecido sobre la mesa y que lo escribió en el cuaderno, algo que tenía escrito que ya no estaba en la mesa, algo que tenía escrito porque tenía cosas para escribir, porque sentía la necesidad de escribir esas cosas que tenía para escribir, esas cosas que siempre han estado ahí como cosas y que ahora no estaban, dijo que escribió ¨encendedor¨ y algo con encendedores, también dijo que tenía escrita la hierda que encontró sobre el piso y que cuando la quiso empujar con el dedo ya no estaba.

 Me dijo que estaba quieto, muy quieto, quieto como nunca había estado, quieto como un árbol, como un axolotl, quieto como un gallo, o como el orgullo, y que las cosas, esas cosas que siempre están ahí como cosas,  no estaban.  

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El Doble

Decían que en la parrilla de la otra cuadra, ahí nomás, a media cuadra de la esquina, había un cocinero que era igual a mí, lo único que no sabían era si era pelado, por el gorro que siempre tenía, pero por todo lo demás suponían que si lo era. Una y otra vez insistían para que lo conociera, y una y otra vez me negaba.
No me negaba por nada en especial, pero ellos comenzaron a elucubrar ciertas posibilidades. Uno habló sobre la teoría del doble y sobre la función del doble en la literatura, decía que si uno ve al doble de si mismo, uno de los dos muere.
Así fueron pasando los miércoles en el taller literario y yo continuaba negándome.
Me hablaban sobre mi doble, me decían que permanecía acodado a la barra, frente a la parrilla toda la noche, que lo veían pensativo, y que a veces dudaban de si no era yo en el trabajo, después del taller.
Paralelamente a mi doble empezaron las cargadas, decían que quizás fuera yo mismo en otro lugar, que quizás, por alguna razón escondía mi trabajo y que por eso no iba a cenar con ellos los miércoles. Otros decían que tenía miedo, que era un cagón, que no iba a conocer a mi doble porque tenía miedo a morir.
En realidad yo desconocía esa teoría del doble, en primer lugar no creía en la existencia de dobles, y en segundo lugar no sabía que había teorías sobre cosas que no podría llegar a conocer porque simplemente no creía.
El otro miércoles me volví a negar, ellos insistían para que fuera a la parrilla de la otra cuadra, ahí nomás, a media cuadra de la esquina, decían que había un cocinero que era igual a mí, pero que no sabían si era pelado, porque siempre tenía un gorro blanco, yo les dije que no, sin ninguna explicación, simplemente un “no, hasta el miércoles” y me fui caminando hacia el subte junto a dos de mis compañeros, además de taller, de subte. Bajamos las escaleras y entramos al subte.
-¿Eugenio? le dije, así como apurado-.Vos conoces a mi doble?, el de la parrilla.
-Ahá-dijo Eugenio mirando por la ventana.
Mariano me miraba y miraba a Eugenio, con entrecortados movimientos de cabeza.
-¿Y... es cierto lo que dicen?, que es igual a mi, ¿o es parecido?
-Es igual a vos, Carlos, una copia.
-Por qué no venís a comer el miércoles y lo conocés dijo Eugenio entusiasmado.
-Bueno... sí, podría ir dije como si me fuera convenciendo de a poco.

Por supuesto que el miércoles no solo no fui, sino que no dije nada sobre mi doble, pero cuando salíamos del taller alguien dijo:
-¿Vamos a comer a lo del doble?. 
Y otra vez la intriga, en realidad pensaba que todos se equivocaban, que en realidad ellos lo veían igual a mí, pero si yo lo hubiera visto, seguramente que no me reconocería en el, quizá algún parecido medio borroneado, pero nada más, como generalmente ocurre con estas cosas.
-Dale, Carlos, animate y acompañanos dijo Eugenio con voz de hambre.
Y volví a negarme, como todos los miércoles, sin una clara razón.
Mientras viajaba en el subte pensaba: ¿y si no es mi doble? ¿si yo soy s doble? ¿quién se desdobla de quien? ¿qué es un doble?
Cuando llegué a casa busqué la palabra ¨doble¨ en el diccionario. Dícese de lo obtenido al multiplicar por dos. Toque de difuntos. Vaso de Cerveza.
¿Toque de difuntos?, ¿que quería decir ¨Toque de difuntos¨?
Busqué ¨Toque¨ y decia: Llamamiento, indicación, advertencia. Acción de tocar una cosa. Toque de atención. Turno o vez. Cierto matiz o detalle.
Busqué difunto y decía: Muerto. No decía más nada, no había más sinónimos ni formas de decir, simplemente Muerto, nada más. Muerto.
Entonces Toque de difuntos era la mismo que Vaso de Cerveza, pensé. O un llamamiento a los difuntos a una indicación a los muertos. También era lo mismo, pensé, una advertencia a los muertos que el tocarlos. O un detalle de los muertos era lo mismo que un Turno de los muertos.
Multiplicar por dos a los difuntos es un doble, un vaso de cerveza o un toque de muertos, una advertencia, un toque de atención o un toque de vez, apenas un rozar el turno y los difuntos se tocan, entre vasos de cerveza que desdoblan la muerte, como si fuera una indicación. 
Pensé en ir a la parrilla y pedir un Vaso de Cerveza, en agarrar de la mano a mi doble y mirándole los ojos decirle Toque de difuntos, le advierto porque está muerto, te multiplico por dos y sos un toque de vez que apenas roza el turno de los difuntos que se tocan entre vasos de cerveza que desdoblan la muerte como si fuera una indicación, con cierto matíz o detalle. 
Me intereso la idea, la idea de ir a la parrilla, la que está ahí cerca del taller, a media cuadra de la esquina, y entrar y sentarme y pedir un vaso de cerveza, un doble, un toque de difuntos como si fuera una picada. Y mirar por la ventana.
Decidí ir el sábado, ir en forma anónima, ya que mis compañeros de taller no iban a estar, ir y caminar media cuadra desde la esquina del taller hacia la izquierda y entrar en la parrilla, sentarme en una mesa al lado de la ventana y pedir un vaso de cerveza, un doble, una advertencia a los muertos, una indicación, un detalle, un turno o un vaso de vez.

Apoyé la frente sobre el vidrio y sentí el interior del frió, no sabía que era tan delgado. Todavía no había mirado hacia la barra. Miré a los mozos que caminaban entre las mesas y a las mesas servidas entre los mozos, no había todavía muchos clientes, quizás por la hora o porque era invierno y la gente sale más en verano, pensé. Miré a los mozos que caminaban entre las mesas, quizá más tarde venga más gente y este lugar se llene, pensé. Miré a los mozos parados entre las mesas, todavía no había mirado hacia la barra, estaban parados como esperando que viniera más gente, quizás para atender a todos juntas, estaban entre las mesas, detenidos, pensativos, como si estuvieran cansados de recorrer siempre el mismo laberinto sin encontrar la salida; esperaba que se acercara algún mozo para hacerle el pedido, esperaba que alguno empezara a caminar entre las mesas y me preguntara que quería comer, que se pusieran en movimiento, que esquivaran a las mesas de una vez por todas. Miré a los mozos parados entre las mesas, todavía no había mirado hacia la barra, los miraba a ellos vestidos de negro, con un moño negro que era muy ridículo, o quedaban muy ridículos con un moño negro en la garganta. 
Agarré un pedazo de pan y lo mastiqué mientras miraba por la ventana, masticaba el pedazo de pan y mientras lo hacía el reflejo en la ventana iba tomando forma, una forma que era agujereada por los autos y las personas que caminaban por la vereda, pero se delineaba una barra y detrás una gran chimenea negra, busqué, deteniendo la vista entre la barra y la parrilla, y había una mancha vertical, blanca, casi inmóvil. Dije, mientras exhalaba el humo, despacio, por la boca ¨Toque de difuntos¨ y seguí mirando la ventana, pero esta vez por, a través, allá.
Algo dijo un mozo, mientras estaba allá mirando a través por la ventana. 
Alguien dijo, constituyendo un mozo al lado de mi mesa mientras estaba
a través mirando allá por la ventana. Algo habló, dejando un mozo parado cerca de la mesa, interrumpiendo mi mirada afuera entre los autos y la noche, entre la gente y la música.
Cuando lo miré no sabía que pedir. Me acordé del diccionario y dije ¨Una cerveza¨. El mozo que estaba ahí asintió con la cabeza y se fue. 
Volví a mirar por, a través, la ventana y el reflejo iba tomando forma, una forma que era agujereada por los autos y las personas que caminaban por la vereda, que pasaban a través de las mesas y de las personas que estaban sentadas, comiendo o esperando comer, y lo atravesaban todo, iban y venían entre los autos, entre la música, entre las luces.
Algo dijo un mozo mientras estaba allá mirando a través por la ventana, alguien dijo y constituyó un mozo al lado de mi mesa mientras estaba a través mirando allá por la ventana. Algo habló, dejando un mozo parado cerca de la ventana, que estaba cerca de la mesa, interrumpiéndome afuera entre los autos y la noche, entre la gente y la música.
Cuando lo miré vi que dejó una cerveza y vi que se fue.
Miré la barra, decidido, me vi mirándome verme .
Es yo mirándolo a mí que se rasca mi cabeza, que se hace señas y no le respondo, que se responde y le hago señas. Es yo mirándolo a mí que abro su boca, que ni siquiera habla, porque igual me escucha mirándolo a mí que piensa en silencio, con mis ojos prestados mirándome.
Agarro el vaso de cerveza con la mano, me pongo de pie y camino entre las mesas hacia la barra, hacia el mostrador de la parrilla, hacia el pedazo de madera que sostiene el apoyo de mis manos, y veo que nada deja de existir, que todo está entre las mesas, que me veo verme venir y lo veo mirándome y caminando hacía el mostrador de la parrilla, desde donde me veo verme venir, hacia donde me acerco y veo como apoyo las manos sobre el pedazo de madera que sostiene sus manos apuñadas, y me acomodo el gorro que se le está torciendo en mi cabeza, quizá porque debe estar pensando que es mi doble, o que soy su doble y mientras se acerco dice: Toque de difuntos, y pienso diciendo en voz alta para escucharme decirme: Vaso de cerveza, mientras dice: Es como tocar una advertencia, un turno, una vez, entonces toco una cosa, como si hiciera un toque de atención y me mira fijo mirarme, es un matiz o un detalle digo mirándolo fijo como si fuera una advertencia que él me hace en voz alta, una indicación o un llamamiento a los difuntos, y llego a la barra donde estoy esperando los ojos que miran y se acerca entre palabras en voz alta, para que me escuche decirlas y apoyo las manos sobre mis manos apuñadas, sobre el pedazo de madera que lo sostiene y me mira a los ojos que me ven e intento decirle: ¨Multiplicado por dos¨, pero el lo digo antes: ¨Multiplicado por dos¨ y le agarro los hombros mientras le pongo las manos sobre mis hombros y me veo verme mirándome, lo veo verse mirándolo y nos vemos vérmenos mirándolome y dice mientras digo: Toque de difuntos, le advierto porque está muerto, te multiplico por dos y sos un toque de vez que apenas roza el turno de los difuntos que se tocan entre vasos de cerveza que desdoblan la muerte como si fuera una indicación, con cierto matiz o detalle.