Adriana Billone

 

 

 

Nacida en Buenos Aires el 28 de agosto de 1966. Lic. en Psicología (UBA) y Profesora universitaria de Artes, especialidad: Música (IUNA). Ha obtenido premios a nivel municipal: Primer premio en el concurso de poesía "Macedonio Fernández", 2004; Primer premio en el concurso "Roberto Juarroz", de narrativa, 2000; Mención en los premios "Octubre", 2001; etc. Se ha desempeñado como jurado en el concurso de poesía "Macedonio Fernández", 2002 y participa de variadas actividades culturales: coordinación de debates literarios, actuación en coros, performances, obras teatrales y espectáculos musicales como cantante.
Trabaja en docencia en nivel medio en instituciones del GCBA y como psicóloga en forma particular.
Su formación literaria se realizó en el taller de escritura de Liliana Díaz Mindurry. Escribe cuento, poesía, novela y ensayo.
 
 

Los Elegidos

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La mañana tarda más en aparecer acá. Como si esperara que algún tren la traiga al descampado, entre las vías. Ninguna mañana quiere bajarse en este sitio, pisar las piedras, acariciar las ratas que corren entre la basura, meterse a la caseta abandonada, hundir los pies en la zanja, estrellarse contra el paredón. Ninguna mañana. Yo sí.
Tardé años en darme cuenta de cuál era mi lugar, pero cuando lo encontré no me hizo falta paciencia. Simplemente tuve que venir todos los días y hacer lo que hiciera falta hasta que llegaras.
Esta gente, estas sombras que vienen cuando baja el sol están aquí para que yo ensaye. Para que practique con ellos. Sé que en el barrio me dicen “la santita”. Algunos con veneración, otros con burla: esto no es más que un simulacro, un escenario, un ensayo.
Hoy son seis los que me acompañan, incluyendo al Mengano de ayer, que me dio bastante trabajo. Claro que al final, con ayuda de la parejita pude arrancarlo de en medio de los rieles justo antes de que el tren pasara.
Están agradecidos. Vengo todos los días con una Biblia apretada contra el pecho y en el momento justo les hablo de la vida. Les digo que la vida es sagrada, que es un don divino. A veces vuelvo a casa bastante mal: hay algunos muy decididos a matarse, pero desde el primer día, no fallé ni una sola vez.
No puedo permitírmelo, amor. Es tu vida la que está en juego.
Hace tanto tiempo que no pienso en otra cosa.
El día que empecé la escuela secundaria, me hice a mí misma una promesa: pasar inadvertida. Para que nadie volviera a burlarse, tenía que desaparecer. Entonces te vi.
Eras brutal. Tan brutal como yo amable. Pero no. No es así. Es como ese dios griego que tiene dos cabezas mirando cada una para un lado, y las dos cabezas son iguales.
Yo te miraba cada vez que podía, tratando de disimular. Te miraba y era como si un tren me pasara por encima. En el camino de vuelta a casa repasaba tus gestos, tus palabras, tus agresiones.
Te elegí antes de saber porqué. Y como te había elegido, no me importaba que te rieras, que me insultaras, que me llenaras el pelo de porquerías medio digeridas que disparabas con tu lapicera a modo de cerbatana. Si esperaba el tiempo suficiente en el lugar apropiado, todo iba a ser como tenía que ser.
Terminó la secundaria, pasó un tiempo y apareciste con esa mentira tonta de estudiar periodismo y por eso querer saber de mi historia, del porqué de mi vocación.
Yo había estado esperándote. Había inventado ritos para esperarte: tomar solamente licuados de jazmín (fue una señal que aceptaras una taza el día que viniste adonde vivo); alejar de mi aspecto cualquier cosa que pudiera hacerme deseable a los hombres. Y mi trabajo en las vías, claro.
La Biblia fue una excusa. La estudié como un libro más de todos los que leía en el colegio. Era importante para mi trabajo, porque la gente se toma en serio lo que uno dice si está sacado de la Biblia, pero eran mis propias ideas disfrazadas con palabras de la Biblia. Todo lo hice yo, con ayuda de un par de casualidades.
Un día, promediando quinto año, me llegó la noticia de una chica de mi edad de tu edad- que se había suicidado en el barrio. Tuve curiosidad, y así descubrí el camino de piedras, el paredón, y el recodo en las vías. Las piedras me sugirieron un camino de purificación, y de ahí fue saliendo todo lo demás. Evité todo lo que no estuviera destinado a recibirte. 
Fue muy difícil recuperar en estos años de ausencia, el color exacto de tu piel, el olor un poco áspero de tu pelo cuando pasabas cerca de mí en los recreos, el contorno de tu cuello. Mejor dicho, de tu nuca. Esa que yo podía mirar solamente cuando venían a dar clases de educación sexual, porque entonces me sentaba en el último banco, justo detrás de vos. Y entonces, mientras todos creían que yo me escondía por vergüenza, usaba cada minuto tratando de fijar en mi memoria el dibujo del nacimiento del pelo, los distintos matices de tu piel, la forma en que se dibujaban tus músculos a cada movimiento de la cabeza y los hombros. Eran días especiales. Los únicos en los que me permitía tenerte cerca. Parte del rito.

A veces me gustaba sorprenderte, como ese día en el colectivo, cuando te di a entender con eso del boleto y la letra de tu nombre, que en el fondo yo te gustaba. Otras me sorprendiste vos. El día en que me regalaste una tarjeta del Día del Amigo y yo creí que te habías dado cuenta de todo. Es una indirecta, pensé. Por suerte, no pasó nada.
Al otro día apareciste con tus papelitos ensalivados, tus gestos obscenos, tus citas agrias. Yo guardaba los papelitos que me tirabas y en mi casa me los pasaba por los labios, por todo el cuerpo, y al final me los comía.
Cuando terminamos el colegio, no dejé de informarme acerca de tus idas y venidas, mientras preparaba el modo y el lugar del encuentro. Para cuando todo estuvo listo, vos estabas tan perdido como siempre. Más. Porque ya no tenías el beneficio de que te dijeran qué hacer, así que recorriste todos los negocios del barrio insultando a los clientes, riéndote de los dueños, hasta dar con eso que llamás confitería. Un bar donde un número variable de viejos se reúne para odiar con impunidad. A lo mejor por eso te quedaste. No era la primera vez que tu madre rogaba a algún conocido que te tuviera paciencia, que no eras malo, que eras su única fuente de ingresos. Así, supongo que algo de ese sitio te hizo sentir a gusto, y puede haber sido el verte ahí en mil años o en diez ejerciendo tu grosería amarga, lo único que te produce algún placer.
Pasé por la puerta sabiendo que ibas a verme, a recordar. Que no ibas a resistir la tentación de llamarme la próxima vez, de buscarme, de conocer mi casa. De despreciarme junto con todo lo que me pertenece, precisamente porque se parece tanto a lo que te pertenece. Los dos vivimos en huecos malolientes, sin otra cosa que el odio y el amor, esas dos cabezas mirando para lados contrarios y permaneciendo idénticas entre sí, unidas.
Ahora estos me miran. Esperan una señal. Yo les indico qué hacer casi sólo con pensarlo. Falta muy poco. Creo que saben que hoy es el último día para ellos.
Después este lugar va a ser nuestro solamente. Tal vez sea nostalgia lo que me hace recuperar una escena más, antes de que llegues. La última vez que entraste a mi casa, harto de tu propia mentira del periodismo, harto de fingir interés, y me rompiste las mangas, buscando marcas de intentos de suicidio, me dio tanta ternura tu inocencia. Tuve que hacer un esfuerzo enorme para que me creyeras el enojo, para que aceptaras el desafío: “Si llegás a ser vos el próximo suicida, no te salvo. A vos no.”
Ahí estás, por fin, corderito sucio, con los pies lastimados, venís a saber si puedo perdonarte, si te salvo. Además de que no hay nada que perdonar, porque cada uno de nosotros hizo lo que debía, claro que voy a salvarte. Ya practiqué lo suficiente, no te preocupes. Conozco el momento exacto en el cual intervenir para salvar todo menos una pierna. O dos. Cuando te tenga en mis brazos, sangrando, voy a poder decirte por fin cuánto te amo.