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Patricia
Bence Castilla
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Nació en
la ciudad de Buenos Aires. Es Editora y Empresaria Gráfica. Cursó
seminarios de poesía y narrativa en los talleres de reconocidos
escritores argentinos (actualmente en el que dirige Liliana Díaz
Mindurry). Es responsable de la Edición de la Revista: Grupo de
Escritores de los Malos Ayres, e integrante del mismo. Ha sido
seleccionada e invitada a participar en distintas antologías. También
ha sido reconocida con el Primer Premio en el concurso Nacional de
Ediciones del Ceibo de la ciudad de Gaiman, Provincia del Chubut, Género
Epistolar, Junio 2005. En cuento: Mención
de Honor en JUNINOPAIS2005 auspiciado por Presidencia de la
Nación, 1era Mención
en el 10mo, certamen organizado por
la Feria del Libro de San Nicolás de los Arroyos, Julio
2005. Finalista en el VI Certamen Alfonso Martínez-Mena
Ayuntamiento de Alhama de Murcia, España, Mayo 2006.
Ha finalizado cuatro obras, actualmente
inéditas: Géneros: Novela
y Cuento.
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Poemas y Cuentos
publicados en Antologías
Menciones
- Cuento Breve |
próxima
publicación
Felices
los Niños
Libro
de Cuentos
(en
prensa) |
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Lista
de invitadas
Suena el despertador. Se levanta.
Recorre con cierta dificultad, debido a un dolor de cintura,
la habitación de techos altos. En el medio cuelga una lámpara
de caireles. El vaivén de ese cuerpo excedido en kilos,
provoca un suave tintineo, reaviva los recuerdos que se
esparcen en ese lado oscuro, profundo de los ojos, esas arañas
que le caminan por el filo de la cabeza. El sonido le trae
reminiscencias de un tiempo pasado, aquel pasado que guarda
como si tuviera sobre el pecho, un antiguo relicario. Ella
piensa que el pasado contrasta con ese presente que no desea
reconocer, ése que la enfrenta con su aliento nauseabundo,
con ese olor a agua estancada. Me siento mal, piensa. Quizás
se debe a la fecha. O a estos viejos recuerdos; como
cuando mi hermana y yo jugábamos a las figuritas, o a vestir
y a desvestir las muñecas, en este mismo patio que veo desde
la ventana. Sin esfuerzo enumera los
nombres de todas ellas. Las vestimentas. El tipo y el
color de pelo de cada una. Quiénes y para qué ocasión se
las habían regalado. Recuerda cómo muchas veces enfurecida,
por esa frustración que comenzaba a tejerle arañas en la
cabeza, las estrellaba contra el piso, dejándoles
magulladuras irreversibles, para luego ponerse a llorar a
solas, sin que nadie la viera. También se le agolpan, otras
imágenes, como cuando, por ejemplo, al poco rato de jugar a
las vistas junto a su hermana, comenzaba un mortal
aburrimiento, por lo que volvía a jugar a las figuritas, las
que siempre, como si hubiese sido un hábito, terminaban
esparcidas sobre las baldosas del patio, poco después de que
alguna cantara; cara o ceca, y quedara la otra, como
era lógico de prever, en desventaja.
La semana anterior había pensado, que lo mejor sería —
para festejar su cumpleaños— preparar un té con masas,
algo de chocolate, masas, canapés. El buen humor volvía a
sonreírle en la comisura de la boca.
Mira por el espejo los malvones con
hojas mustias por la falta de agua; la cama sin hacer, esa
cama que muchas veces imagina con forma de cepo, donde queda
atrapado el ojo, la profundidad más oscura del ojo, la araña
taladrándole el cerebro, esa víbora enrollándose debajo de
la lengua y un grito imperceptible,
atravesado en el medio de la garganta—.
Recuerda, mientras pone los pies
fuera de la cama, mientras mira la chalina que cuelga con sus
flecos sobre la alfombra, mientras deja que esa leve, cansada
curvatura que se le hace en la espalda, enfrente al espejo (ése
que sólo le devuelve de sí misma, esa imagen que detesta)
ese día en que
había tomado la decisión de invitar a sus amigas; el momento
preciso en el que se puso a buscar en la vieja libreta de
direcciones. Se había decidido por llamar primero a las
chicas del normal número siete.
Recuerda que esa vez, luego de
meditar un rato, luego de bajar el párpado para que el ojo no
fulgurara ese odio profundo y apretado que ocultaba a la vista
de los demás, de qué manera podría homenajear a sus
invitadas, también que se rió, con una carcajada fresca,
abrazando su libreta de direcciones contra el pecho
semidesnudo, todavía en camisón. Allí guardaba los
recuerdos de un tiempo pasado, no siempre placentero. Recuerda
haber recorrido con el dedo índice cada uno de aquellos
nombres, que sin verlos, podía recordar con total exactitud:
Haber llamado al primer nombre de la lista, sin que nadie le
contestara: Haber intentado con el segundo, donde alguien le
dijo; número equivocado: Haber insistido (si tenía algo en
forma prolija y bien cuidada, era esa libreta de direcciones)
sin ponerse mal. En uno de los llamados le dijeron, que esa
familia no vivía más allí, hacía quince años que los
nuevos dueños se habían mudado.
Recuerda que no
había podido ubicar a ninguna de los primeros nombres de su
lista de invitadas, después
de discar por varias horas, lo que le había provocado un
cosquilleo debajo de los párpados, debido a ese fragmento de
memoria que deseaba alejar como si fuera una mosca posándose
en el medio de la sopa. Recuerda cómo poco después se había
puesto a discar nuevamente, sin inmutarse, sólo un leve
parpadeo señalaba que una víbora esparcía dentelladas
debajo de esa piel marchita,
sin cremas ni maquillaje que dieran un poco de frescor, a esa
extraña manera de mirar.
****
Ella, ese día. Es decir, ese día
en el que decide armar su lista de invitadas, no sabe bien por
qué, tal vez por no haber encontrado a sus amigas del normal
siete, pero de golpe le viene a la memoria, así, como si
fuese un nubarrón acechando contra su ventana, que cada una
de ellas, cada una de sus compañeras, todas, sin excepción,
se había mofado de su mojigatería, de las polleras anchas y
largas con tablones, de sus zapatos abotinados, del aparato de
los dientes, del acné que trataba de tapar inútilmente con
el maquillaje, de ese pelo voluminoso siempre desgreñado que
le caía a borbotones
sobre los hombros, por lo que le gritaban, mechuda. Por
eso tal vez la víbora, la araña con sus patas taladrándole
el cerebro, la oscuridad del ojo, la mosca en el medio de la
sopa. Decide no invitarlas, pero sí, en cambio, a las chicas
de primaria, o, de última, a sus viejas, queridas, vecinas
del barrio. Todavía se atreve a más, piensa que invitará a
cualquiera, a cualquiera que haya tenido que ver con aquella
época, donde no existía ninguna amenaza, donde todos eran
confiables.
La mesa está servida, impecable el
mantel blanco, con flores bordadas en hilo. Las tazas color
rosa con el plato haciendo juego con un ribete de violetas
pintadas a mano y cuatro cucharas de plata, relucen sobre la
pequeña mesa de mármol. Ella quiere usar todo lo que guarda
en el desván, ese lugar donde acumula sin vergüenza, tanto
platería como cuadros, trastos viejos, lencería. Ella es de
las que piensan, que siempre surgirá algún acontecimiento,
donde tendrá la oportunidad de usarlas, lucirlas, que alguien
se las elogiará. De tanto en tanto les da una mirada como
para sentir que el hecho de conservarlas, así como los
conservaba, como reliquias, ha valido la pena, como esta vez,
donde por fin, las saca a relucir.
Sale de la habitación, no sin antes vestirse con cuidado.
Hace movimientos lentos; arrastra un pie y vuelve a colocar el
otro a la misma altura, le demanda un gran esfuerzo, por lo
que se ve obligada a recurrir a un bastón, y a un antiguo
paraguas. Se pueden distinguir esas venitas finas y azules,
sobresaliendo de las medias elásticas, mientras el ruido
monocorde del paraguas y del bastón, se oye a lo largo del
pasillo. Cierra los ojos. Parece que ya le muerde la víbora
debajo de la lengua. Se apresta a recibir a
sus invitadas. Termina de abrir la última puerta que
da al corredor. Sin querer, deja que su mano impulse la
campanilla, la misma que de niña creía que era el paso a un
mundo más feliz, y se inclina, frente al umbral, en un gesto
amable, pero sobrio, ante dos de sus
amigas, que sin mayor entusiasmo, cosa que la
decepciona, están esperándola como para que las guíe al
comedor, como si no se acordaran, dice.
Al rato vuelve a realizar el mismo
recorrido, no antes de haberles dado un sonoro beso a cada una
de las hermanas: Carlota y Liliana Bebilaqua, indicándoles en
tono amable el lugar donde tiene la mesa preparada. No puede
evitar echarles una mirada de reojo, sin demasiado
detenimiento, como para que no se molesten. De todos modos, en
esa breve, fugaz observación, descubre que ambas hermanas,
contrario a lo que suponía, no le parecen tan espectaculares
como cuando las conoció, dado que ahora, una tiene un párpado
que se mueve convulsivamente, como si fuera un tic, y la otra,
varias arruguitas que parecen cicatrices incrustadas debajo de
la barbilla y de las cejas, que apenas puede disimular bajo el
ala de un sombrerito ridículo, pasado de moda.
Entran de la mano de la dueña de
casa, como si alguien les pidiera que simularan ser eso,
nenas. Por último, con un poco de retraso, hace entrar a
Florentina, que aparece vestida, como si hubiese sido ayer
—cosa que a ella le chocó por lo desubicado—
con una pollera que tenía un cierto parecido a una que
usaba antaño, demasiado corta para la edad que podía llegar
a calcularle. Supuso que tal vez se debe a que Florentina se
habría esmerado para estar acorde con la ocasión, a ese
deseo íntimo de que todas debían reencontrase, como si
realmente el tiempo no hubiese transcurrido.
La mesa no las sorprende. Lo intuye
la dueña de casa. Las observa otra vez de reojo, sólo que
otra vez una víbora dormita en el fondo, en lo profundo del
ojo, ya no dormita la nostalgia, sino el veneno en la dosis
exacta debajo de la lengua. La víbora permanece quieta en su
cueva, a la espera de una oportunidad. Siente que las odia. De
todos modos les dice que no tengan reparos y esconde la víbora,
la mosca y la araña detrás del cristal de los anteojos.
Disimula el desprecio que le provoca el hecho de volverlas a
ver. Se siente molesta con ellas, por la falta de comunicación,
porque todo lo que le recuerdan, todo aquello de lo que no
quiere saber más.
Se ofrece a servirles el té o el
chocolate. Esas amigas traen un sello de vejez que las hace
detestables. Comienza de a poco a destilar el veneno, ése que
ha acumulado durante décadas. Deja caer la lengua, la
oscuridad del ojo, la mosca.
Y así, entre el ruido de los platos
recién servidos, las cucharitas relucientes contra la tazas
de porcelana, les sonríe, a ellas, que tiesas, los ojos
vidriados y azules, una desesperanza pintada en las bocas
rojas y entreabiertas, intentan, en su fijeza, repetir, como
antes, ese viejo ritual que había practicado junto a su
hermana; vistiendo y desvistiendo sus muñecas, las mismas que
se encuentran, ahora, sentadas alrededor de la mesita de mármol,
homenajeándola, a ella, en su sexagésimo cumpleaños.
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La
Elvira
La rutina, la de siempre; varios trastos que lavar, el llanto de los pibes, el piso sucio de la cocina, demasiado cansancio por la noche para pasar el trapo, calentar el agua, echar en la olla grande un poco de detergente para los repasadores, así, desde hacía mucho, como si hubiese nacido con un estropajo en la mano, las zapatillas rotas, un aburrido silabeo de palabras que le daban todo el tiempo vueltas por la oreja, como si alguien le dijera que no debía darse por vencida, que en algún momento debía tomar el coraje de decir: Basta, no quiero más, estoy harta, no tengo por qué hacerlo, que haga otra el esfuerzo, pero yo, la Elvira, no.
Había nacido pobre, no tenía estudio, ni qué decir de la lectura y eso de la escritura que para ella no tenía cabida si no era con tartamudeos: demasiado ignorante, pero, según decían, buena piba, resignada, cabeza gacha, dispuesta, siempre de buen talante. Hija de doña Rosa, muerta hacía un par de años, que le había enseñado, bueno, no sólo a ella, sino al resto de sus hijos: El valor de la honradez, el respeto por los mayores, aceptar el destino que a cada uno le había tocado en suerte. Por eso, la Elvira, cada mañana, a las seis menos cuarto, comenzaba a encarar sus tareas tratando de sonreír, o de entonar alguna melodía, como para que no pareciera que estaba molesta por eso del destino. Todos los días igual. A las siete, los desayunos. A las ocho, vestir a los chicos. Los que de algún modo andaban como podían.
Su madre había pretendido para ella un marido de buen porvenir, y por qué no, un hombre solícito, compañero, que no fuera mujeriego, que no tuviera tampoco una botella medio vacía al lado de la cama como único remedio para el hartazgo de los domingos; que no la sometiera todos los días como si fuera un hábito, como solía suceder en esos barrios pobres, marginados, sino, que por el contrario, la mimara y la atendiera como a una señora. Nadie aspiraba a que se la tratara como a una reina, eso no, bien sabía la Elvira, que su realidad era la de un piso de tierra, paredes de ladrillo hueco y techo de chapa, pero por lo menos ella tenía la esperanza, al igual que la madre, que un hombre la quisiera de un modo digno. Muchas veces, aquello a lo que se aspira, ni ahí se le acerca con el pasar de los años. Pensó que ella tal vez no lo mereciera; a ése, al marido con el que su mamá había soñado, debido a que nunca supo ser una buena ama de casa, ni ocuparse como Dios manda de los críos, menos que menos de servir en horario las comidas, lavar la ropa, tenderla, plancharla, cocinar para todos. Esto, a la Elvira, la hacía sentir mal, no ocuparse más y mejor de las tareas domésticas le daba culpa, cosa rara, pero así sentía. Ella pensaba que nadie podría haberla querido bien, ni siquiera era capaz de servir al cabeza de familia como era debido. A su madre no le hubiese gustado: una mujer debe estar siempre al frente del hogar: “Pase lo que pase”. Era otra de sus frases preferidas. La Elvira no entendía cómo a él no se le había ocurrido que no era bueno haber traído tantos hijos al mundo, por más bruta que fuera, era cosa que a cualquiera con un par de dedos de frente, se le hubiese ocurrido, además para tratarlos como Toribio lo hacía, así, como pordioseros, no valía la pena. Andaba con pocos miramientos, era un tipo desconsiderado con cuanto ser viviente se le pasara por delante, había que aguantarlo con sus borracheras los fines de semana y ese mal humor que desparramaba cada vez que volvía del trabajo. Hacía changas.
Eso de rumiar a solas no tenía ningún valor, porque lo que tenía era ganas de irse a vivir a otro lado, abandonarlos, organizar una partida donde nadie más pudiera hallarla, así tuvieran que salir a buscarla con perros, en el medio de la noche, estando ya bien lejos del caserío, nadie podría saber adónde había ido a parar. Después se perdería en la capital, iría hasta el mismo obelisco trabajaría de doméstica, cama adentro. Quizás, de esa manera, se liberara de la mano del tipo ése, de qué otro modo podría calificarlo, si era un mal parido, nada le satisfacía. No le gustaba el puchero porque tenía gusto a poco, el mate, porque estaba mal cebado. A las alpargatas, si no las tenía lavadas, se las sacudía sobre las nalgas, mientras la mina ésa, la Coca, deambulaba por la casa como si le fuera ajena, en vez de echarle una mano; ésa era la idea que tenía la Elvira sobre el compañerismo que debía existir con las personas del mismo sexo. En cambio la Coca, seguía caminando con esos aires de diva y tan alejada de todo, que en vez de ocuparse por las tareas que tenía asignadas, se pintaba las uñas, se teñía el pelo y se pasaba ungüentos por la cara, como si en vez de tener una casa a cargo, hubiese instalado una peluquería a tiempo completo. Vaga, eso, es una vaga, pensaba la Elvira, mientras dale que te dale remendaba la ropa de los críos; aires de princesa se da ésa, para luego seguir dando puntadas y estirar el hilo como si nada, con monotonía, con aire resignado, como si no tuviera otra cosa más que hacer durante el resto del día: Todo el sueldo se tira encima, gasta lo que no tiene. La puta que la parió, si da lástima ver a los pibes con los mocos a la altura de los dientes, las zapatillas rotas, ni un mísero mendrugo de más como para hundirlo en el mate cocido a la hora de la merienda, ni tampoco para los garbanzos, que de tan caros, ya ni los podemos usar en la lotería. No, si ella se iba a ir pronto, ya iban a ver ésos, después de todo, ella, debía aspirar a no tener una vida limpiando pisos, o que de la mañana a la noche tuviera que estar lavando pañales, ya que ni para los descartables les daba el cuero, dado que los ahorros que la Elvira se ocupaba en acumular para salvar algunas indigencias, pesito sobre pesito, moneda sobre moneda, ganancia pura por canjear sin ganas alguna mirada lujuriosa, con la que lograba bajar el precio de la carne, o de la verdura, aunque machucada muchas veces, poco importaba en el guiso, o en el estofado, terminaban haciéndose humo. Esos ahorros eran suyos, todo para qué, para que él los encontrara escondidos en alguna parte y se los tomara en tragos de moscato al que siempre, parecía sumamente afecto y que en cambio para la Elvira, no dejaba de ser una bebida repugnante. Ni en los gustos se parecían, ni en eso.
Si no hubiese sido porque el hombre se le tiraba encima cada noche, sin darle respiro, haciéndola sentir una mujer de la calle, con ese permanente sometimiento que la dejaba con olor a ropa sucia o mal lavada, ella hubiese sido menos temerosa, más segura, sin tantos remilgos trabados en la lengua. Nadie fuera a pensar, por eso de la costumbre, que a ella le pareciera menos vergonzoso que el hombre le pusiera la mano encima por eso de hacerlo tan seguido. Estaba tan harta, que muchas veces pensó en matarse o matarlo, pero no le daba para eso, después de todo, si en algo creía, era en que arriba había alguna justicia donde se pagaría los pecados tarde o temprano, y también pensaba muchas veces, que no fuera a ser que por el hecho de querer escaparse de un infierno conocido, la situación la llevara a otro del que nadie había dado cuenta. Por otra parte, le había dicho una vez a su madre. “Te prometo que no voy a abandonar a los changos ni a la casa, a nadie voy a abandonar nunca”. Lo peor para ella era el aliento a vino que le tiraba el hombre sobre la cara, ese olor a transpiración rancia, ese traqueteo que hacía la cama cada vez que le pasaba eso, no dejándole una noche sin llanto, ni una mañana sin estar con el cuerpo cansado. Calladito le hacía el hombre las cosas. Nadie parecía enterarse. Los pibes porque eran pibes, y la mina, porque con esos afeites debía entrar en algún trance, debido a esas cremas y líquidos caseros, qué vaya a saber qué cosa tenían de mezcla, ya que se le pegaba el sueño más allá de las horas habituales.
La Elvira estaba cansada, ese día, un día que miraba por la ventana y vio cómo el hombre se acercaba medio tambaleante, no le daba al tranco mejor que a la llave de la puerta, que ni pena le hubiese valido, ya que cuando estaba fuera de sí, apenas de un empellón la abría, pero esa vez le dio por colocarla como si entrara a una casa nueva. Apenas llegó a la cocina, miró a la Elvira, que sumisa, como siempre, bajó la cabeza y dejó que la llevara otra vez para la pieza. Aprovechaba el hombre, amén de las noches, alguna tarde donde los pibes no estuvieran, o que esa mujer, siempre desocupada, se pusiera, por esas casualidades, a realizar la tarea que nunca emprendía y estuviera en otra parte. Siempre el mismo modo. Decirle: Che piba, estás cada día más linda, mírate los pechos, crecen cada vez que los miro, antes eran chiquitos, y ahora. Será porque andás bien servida. Hacía estos comentarios riéndose como un guarango y echándole el aliento sobre la cara. Ella no sabía por qué causa, la Coca, en esos casos, si andaba cerca, en vez de aliarse, por eso del compañerismo, siempre andaba mirando para otro lado, haciéndose la estúpida y dejando que la Elvira, además de todo lo que ya cargaba con el tema del Toribio, se encargara además de los quehaceres domésticos, los que bien podría haber realizado ella. Para qué diablos habrá venido, de nada se ocupaba, más que de esa facha por demás estrafalaria.
Recordaba que una vez el hombre le dijo que de tanto crío, lo mejor sería traer una mujer fuerte a la casa para que echara alguna manito.
Cada día para la Elvira era una penitencia, una vida rutinaria y vergonzante, donde además, siempre había un crujir de colchones, una cantinela repetida con esa voz aguardentosa que se le escabullía por el cuello, las nalgas, los pechos, esa saliva espesa con olor a vino de dudoso origen, esos dientes que destilaban mugre y ese deseo que le enrojecía los ojos cada vez que se le tiraba encima, mientras que le repetía como una cantinela las mismas palabras todos los santos días, como si no tuviera mejor manera de aclarar las cosas:
- Ché, Elvirita, no cuentes nada de lo nuestro a tus hermanos, menos a mi mujer, ya sabés que la Coca es muy vengativa. Además ya estás grande, vas para los quince, no quiero kilombo. ¿Me oíste?
- Pero papá, cómo se le ocurre, qué les voy a decir, nada les voy a decir. Descanse tranquilo, que después de la siesta, si anda con ganas, antes de que vuelvan los pibes, le cebo unos mates.
Se lo dijo casi dulcemente con la cabeza reclinada en el hombro. |
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