Claudia Aleman

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NOVELA

Libro publicado por Internet

Nació en Buenos Aires en 1958 y es Licenciada en Psicología. 
Fue finalista del concurso “A quien corresponda” con el cuento “Días de Invierno” y obtuvo el premio IGRIEGA con el cuento “Motivos”, publicado en la antología Los Vicios Solitarios. Algunos de sus cuentos fueron editados en la compilación de narrativa Húmedos y recientemente publicó la novela Los pasos del Reptil.
Desde hace unos años participa del taller literario de Liliana Díaz Mindurry.

 

Poemas y Cuentos publicados en Antologías

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Días de Invierno

Después de horas de caminar por el centro Julia se sintió agotada. En la esquina vio un bar. Un bar viejo, de los que quedan pocos y que, para ella, eran garantía de bienestar. Se sentó al lado de la ventana, dejó el paraguas, el impermeable sobre la silla. Afuera, una calle con casas viejas y empedrado. Enfrente, un edificio de tres pisos con balcones derruidos. 
Completamente distraída estaba Julia cuando llegó el café, y así, distraída, tomó un trago. El mozo seguía a su lado, como si esperara algún gesto que le permitiera conversar un rato. Pero la boca de Julia pegó un grito. Un alarido. Algo inesperado que quebró la normalidad del día y dejó a Julia inerme sobre la silla. El café está helado, siguió gritando la boca sin que Julia pudiera oponerse. Está recién hecho, señora, contestó el mozo. No me importa. Me lo cambia ya mismo o armo un escándalo, volvió a gritar la boca con una voz que Julia no conocía. 
Con la lengua, Julia, que aún no comprendía qué había ocurrido con su boca, recorrió las llagas que le había dejado el trago de café hirviendo. Encendió un cigarrillo. El humo es un amante incomparable, una caricia que erosiona poco a poco, un daño elegante.
Volvió el mozo, con un nuevo café en la bandeja. Con éste no se va a poder quejar, dijo. Ya veremos, contestó la boca y se lo tomó de un trago. Julia, contuvo las lágrimas. El dolor la dejó quieta, pegada sobre la silla. Salió del bar con la lengua y las encías inflamadas. Las primeras gotas caían sobre Buenos Aires. Se refugió en una librería y la casualidad, que a veces hace cosas indecibles, hizo que alguien le tocara el hombro, su hermano. Tengo el auto acá nomás, te alcanzo. No, gracias, prefiero caminar, contestó la boca. Las vidrieras le devolvían el reflejo de una mujer delgada, un hilo de agua se deslizaba por su pantorrilla y, poco a poco, inundaba el interior de la bota. Sintió síntomas de congelamiento en los dedos del pie izquierdo. La boca cantaba una melodía frívola. Ahí estaba parada bajo la tempestad, apenas sostenida por un poste, entre los relámpagos y el viento, cuando se acercó un taxi, ¿La llevo?, le preguntó el chofer. No, gracias, contestó la boca. Julia intentó hacer un gesto que le permitiera comunicarse con el taxista. ¿Está segura, señora? Mire que no va a encontrar otro, insistió el chofer. Y a usted qué le importa, gritó la boca. 
Esa noche, en su casa, Julia sospechó que algo no andaba bien.
Al día siguiente la tormenta había pasado. Semidormida en la cocina tomaba el desayuno con su marido, y, de una manera inesperada, no sé si quiero seguir con vos, dijo la boca. ¿Qué decís?, preguntó Pablo. Y la boca tomó fuerzas y palabras y chillidos que se acumularon en la lengua y se lanzaron hacia fuera y chocaron en Pablo y rebotaron en las tazas y en los ojos y en la cortina de flores que acababan de comprar. ¿De qué hablas, Julia?, preguntó su marido. Estoy harta, dijo la boca. ¿Me podes decir de qué estás harta? De vos, dijo la boca. Julia se quedó inmóvil viendo como Pablo se iba sin despedirse. La boca se devoró hasta la última miga. Como pudo se levantó y fue al baño. Al lavarse los dientes, el cepillo rozó una de las llagas que tenía en la encía, escupió la espuma y examinó su boca. Nada especial. Una boca como tantas. Una boca de la que se espera placer. 
Terminó de arreglarse y salió. El invierno irradiaba tensiones, el sol, convertido en láminas la obligó a entrecerrar los ojos, veía borrones, siluetas cargadas de ropa que se desdibujaban y eran, para Julia, una amenaza velada. En esas condiciones llegó a la parada, reclinó el cuerpo sobre el poste y se dispuso a esperar la llegada del colectivo. La calle estaba casi desierta, como si el frío hubiera exterminado todo vestigio de vida en la ciudad. Levantó el cuello del tapado y enroscó mejor la bufanda. Un auto paró frente a ella, un Falcon de ésos, al que nadie subiría ni dormido. ¿Te llevo?, preguntó un tipo asomando por la ventanilla. No, gracias, contestó Julia. El hombre insistió. Harta del acoso, Julia decidió hacer como si no existiera, sacó su agenda y se puso a anotar cualquier cosa. El tipo seguía enumerando argumentos para hacerla subir al auto. Dale, nena, no te hagas la difícil. Está bien, lleváme, dijo la boca. Y así fue como Julia subió esa mañana al auto de un desconocido. El hombre arrancó a toda velocidad. Julia, inmóvil en el asiento, con las mandíbulas apretadas y un terror plegado que le subía desde el fondo del estómago. ¿No querés que entremos en calor?, preguntó el hombre. Por supuesto, gordito, contestó la boca. Y ahí nomás el tipo se metió en un telo. Una pocilga con luces de cabaret. Les tocó una habitación en el primer piso. El tipo sacó un preservativo. ¡No te lo pongas!, gritó la boca. La operación no duró ni diez minutos. Ni tiempo para una ducha tuvo. ¿Mañana a la misma hora?, preguntó el tipo. Bueno, dijo la boca con una sonrisa. 
Esa noche, en su casa, Pablo la miró preocupado. Estás rara, comentó. Algo anda mal con mi boca, explicó Julia. ¿Te duele? No. No es dolor. 
Sus días se volvieron inciertos, se mantenía alerta como si algo fétido acechara adentro de ella. La ola polar seguía, cielo negro y alerta meteorológico. Una pesadumbre se había instalado en su cuerpo, sus pensamientos parecían interceptados por navajas, mantener el ritmo normal le resultaba un esfuerzo inexplicable. Mi amor, ya llegué, decía Pablo ni bien entraba a la casa. Y a mi qué me importa, replicaba la boca. Las noches eran de acero y las tormentas caían como raspones. Una de esas madrugadas Julia se despertó con la oreja de su marido entre los dientes. Pablo abrió los ojos, un relámpago de amor cruzó su cara, le acarició el pelo e intentó besarla, por precaución Julia retiró la boca. Él siguió con los avances amorosos y tuvieron, a las perdidas, un sexo desabrido y conyugal. La boca mordía la almohada y Julia intentaba ahogar el llanto. 
Esa semana fue especialmente compleja. Julia quedó aterrorizada al saber que su boca no dormía al mismo tiempo que ella. Pasaba el día pensando cómo prevenir accidentes. Esos accidentes domésticos que pueden hacer de tu vida un infierno. A veces esperaba que Pablo se durmiera y la amordazaba. Ni bien sonaba el despertador la liberaba. ¡Buenos días, culo jabonoso! La boca amanecía indignada y profería todo tipo de guarangadas. ¡A levantarse, cara de enchufe! Pablo pasaba por alto los insultos e intentaba continuar con los ritos matinales. Se fueron convirtiendo en extraños. La distancia era un muro que no conseguían saltar. Ni se te ocurra acercarte, jetón, decía la boca cada vez que él la miraba. Pablo se hacía el disimulado, como si las anomalías no tuvieran importancia. Intentaba minimizar la desgracia como si eso pudiera ponerlos a salvo del naufragio.
Algunos días Julia buscaba su ayuda. Pablo, te juro que no es normal. No seas exagerada, mi amor. Estás bajo mucho stress. Pero no soy yo, es mi boca, contestaba Julia resignada a la incomprensión de su marido.
Una mañana la boca se despertó con una sonrisa. Parece que estamos de buen humor, dijo Pablo. Así es, contestó la boca. Ya vuelvo, no te levantes, dijo Pablo y apareció con una bandeja especial con ramito de flores y todo. Es un café especial que compré ayer, dijo y tomó un trago como si esa fuera la mejor mañana de su vida. La boca se crispó. Se llenó de un líquido corrosivo. Una saliva nueva. Capaz de lastimar al enemigo. ¿No lo vas a probar?, siguió Pablo. La boca, lista para el ataque largó una escupida que salió disparada con una velocidad de meteorito. Voló sin perder la forma de pelotita con la que había salido y cayó en la taza de Pablo que iniciaba el recorrido hacia su boca. Fue un lanzamiento impecable. La bomba impactó justo en el centro provocando una lluvia de café que bañó a Pablo. La cara se le transformó, una mezcla de sorpresa desazón y dolor. Algo que Julia nunca había visto en ningún otro humano y mucho menos en otro animal doméstico de cualquier índole. La boca estalló en una carcajada. Y nada de lo que dijo o hizo su marido pudo interrumpirla. Una carcajada que siguió resonando después del portazo que dio Pablo al salir de su casa.
Pablo se volvió un forastero. Una mañana le propuso hacer terapia de pareja. Ni pienso, dijo la boca. Hacía tres años que estaban casados y nada hacía suponer ese escollo en sus vidas. Acababan de comprar el primer departamento, Pablo no estaba dispuesto a tirar todo por la borda, al menos eso decía en las discusiones. Julia intentaba mantener la dignidad y la esperanza.
Un cielo oscuro se había acostado sobre Buenos Aires. Los noticieros sólo hablaban del clima. Julia volvía del trabajo con los zapatos empapados, se encerraba en su casa y esperaba a Pablo con la comida lista. ¡A comer, narigón!, gritaba la boca ni bien lo oía llegar. Poco a poco se fue aislando. Abandonó las clases de pintura y las salidas de los miércoles. Después de algunas contrariedades dejó de hablar por teléfono. ¡Calláte, cara de escuerzo!, gritaba la boca ni bien Julia atendía el teléfono. Con el tiempo los amigos dejaron de llamar. 
Un día la boca dejó de comer. Fue una noche cualquiera, con los platos servidos y la tele encendida. Julia había adornado la mesa con flores y velas artesanales, dispuesta a disfrutar de otra cena familiar en compañía de su marido y de su programa favorito, que estaba por comenzar. Pablo abrió un vino y sirvió las copas. Tenían hasta el momento una charla liviana sobre los avatares laborales y los problemas del tránsito en Buenos Aires, Julia acercó el tenedor a la boca con un bocado de pollo al horno que había preparado, como lo haría cualquiera que intenta alimentarse. La boca no se abrió. Quedó fija, ensimismada. Julia dejó el cubierto sobre la mesa, miró a Pablo, al borde del llanto. ¿Qué te pasa?, preguntó Pablo. La boca no contestó, quedó tiesa, imperturbable. Los dientes apretados y los ojos pidiendo auxilio. 
En una semana Julia perdió cinco kilos. Pablo la observaba como si no la reconociera, algunas noches giraba a su alrededor como si buscara la forma de abordarla. Vos estás enferma, decía Pablo. El enfermo sos vos, replicaba la boca. Pero, mi amor, no podés seguir sin comer. Es mi problema, se defendía la boca.
La boca tomaba tres litros de agua por día. Y Julia se la pasaba en el baño. Tuvo algunos desmayos. Uno de ellos ocurrió en la oficina y provocó un revuelo entre los compañeros. Abrieron la boca a la fuerza y le enchufaron tres cucharadas de azúcar. El efecto fue instantáneo. Recuperó el conocimiento como si nada.
El gordo del Falcon empezó a visitarla todas las mañanas. ¡Al fin llegás, barrigón!, gritaba la boca. El tipo la ataba, le vendaba los ojos con trapos malolientes y la sometía a diversas humillaciones. ¡No pares, lechón, no pares!, gritaba la boca. Julia empezó a tener marcas en el cuello y en las muñecas, unos moretones alargados que se multiplicaban. Una noche Pablo descubrió las señales, ¿qué te pasó, querida? Nada, dijo la boca. ¿Cómo nada? Si estás llena de moretones. Te digo que nada, culón. Pablo contuvo la respiración. 
Afuera la temperatura seguía en descenso, los truenos retumbaban en la cabeza de Julia como garrotazos intermitentes que no la dejaban descansar, ¡trulalalalala!, cantaba la boca. El cielo se había convertido en un cargamento de huesos, y las noches eran cajones de lluvia y relámpagos que como zarpazos desflecaban la oscuridad. ¡Tralalalalaaa! Pablo se atrincheró, se volvió fantasmal y extranjero. Los días de Julia eran estuches agujereados que se sostenían como un mecanismo vacío. 
Una tarde la madre de Julia apareció con una caja de alfajores de chocolate. La boca pegó un aullido ¡Iujuuuu! y devoró la caja entera. Pablo la miraba trastornado. ¿Qué miras, salame? 
Al día siguiente no pudo ir a trabajar. Un ataque de hígado la obligó a quedarse en cama todo el día. La boca se dedicó a morder todo lo que estaba a su alcance. Empezó por las plantas y luego desmenuzó los libros, la ropa, los sillones. A la tarde la casa estaba en ruinas. Pablo la encontró sentada entre los restos de los muebles, se acercó con cautela. ¿Qué pasa, mi amor?, preguntó. La boca largó un tarascón que lo hizo retroceder. ¡No me toques, pelo de escoba!, gritó, y largó un sonido gutural que hizo que Pablo corriera hacia el teléfono. Si, sí, es urgente, dijo Pablo. Julia, sin fuerza, se apoyó en la pared, miró hacia la ventana, la lluvia empañaba los vidrios, otro chaparrón oscuro caía sobre Buenos Aires. Sonó el timbre, Pablo corrió hacia la puerta. Pasen, pasen, es mi mujer, está muy mal, no sé qué hacer, le explicó a los enfermeros. ¡No se acerquen o los hago picadillo!, gritó la boca. Tranquila, señora, todo va a estar bien, dijo uno de los enfermeros. ¡Tralala! ¡Tralala! gritaba la boca. Los enfermeros se acercaron por los costados. La boca lanzaba mordiscones. Cuidado, Pepe, dijo uno. A ver tratá de distraerla que yo la agarro de este lado. ¡Tralalalalaaaa!, seguía la boca. Ya la tengo, pasáme la jeringa. Listo. Le pusieron un chaleco de fuerza y la arrastraron hacia la puerta. Antes de salir Julia miró a su marido. La boca le tiró un beso, ¡ya nos veremos, cara de uva!, gritó, sin que Julia pudiera oponerse. Sus ojos buscaron los de Pablo para intentar así una despedida. Le pareció que Pablo lloraba. ¡Jodéte, infeliz!, gritó la boca. Julia cerró los ojos, las imágenes se confundieron, con un mareo ahogado volvió a mirar su marido, sin duda, unas lágrimas goteaban de sus ojos, Julia pensó que, quizá, eran restos de lluvia pegados en su cara.