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Premio
«Casa de las Américas de novela» (La Habana, 1999);
«Franja de Honor de la Sociedad Argentina de
Escritores» (Córdoba, 2001); premio «Manuel Llano»
de cuentos (Santander, Cantabria, 2001). Finalista en
certámenes nacionales e internacionales: «Editorial
Universitaria de Buenos Aires» (EUDEBA); «Dulcinea»,
por el Centro Cultural Castellano Manchego (Zaragoza);
Editorial Argenta (Buenos Aires); «Ciudad de Martos»
(Jaén); «José Boris Spivacow», por la Cámara
Argentina del Libro y la Secretaría de Cultura de la
Nación; «Rafael González Castell» (Montijo,
Badajoz); «Ciudad de Peñíscola» (Valencia); «Manuel
Mujica Láinez» (La Cumbre, Córdoba); «Querido
Borges» (Miami, Florida); «Casa de Teatro» (Santo
Domingo, Rep. Dominicana), etc.
Desde
hace unos quince años está dedicado al ensayo Los
grandes en la literatura iberoamericana del siglo XX.
Todos sus cuentos se hallan agrupados en el título Historias
secretas. Novelas: La dama de cristal y Grupo
de élite. Teatro: Jaque a la dama y
Crónicas un tanto extrañas, llevadas a escena en
la ciudad de Rosario, en 1981 y 1982.
Vive
de ofrecer sus cuentos, impresos en formato de
cuadernillo, a los pasajeros de los trenes suburbanos de
Buenos Aires.
contacto
con el autor: zelmaracevedo@yahoo.com.ar
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Debieras
extinguir tus ojos antes de que se extinga el sol para
dejarlo encendido.
Antonio
Porchia
No es que
haga frío aquí. Es la humedad. Esta humedad que jamás
se desprende de las paredes de cemento, o de yeso, no
sé, no puede verse gran cosa aquí abajo. Las paredes
siempre mojadas. Y estoy segura de que no se trata de un
fenómeno de condensación de humedad o cosas así,
mucho menos que el goterío venga cayendo de tan arriba,
desde el círculo de luz. Es como si las mismas paredes
sudasen, como si la humedad les viniese de adentro, del
otro lado de la superficie. Qué habrá del otro lado.
Tierra quizás, con sus capas de arcilla, de tosca, de
piedra. No es posible que hasta aquí llegue la raíz de
un árbol, por gigantesco que sea. He escuchado de
árboles que hunden sus raíces metros y metros, pero no
creo que ninguna raíz alcance estas profundidades. Es
la humedad de la tierra la que se filtra de este lado de
la pared. Esta idea, la de la tierra, me tranquiliza un
poco. Sería insoportable pensar que hay agua del otro
lado. Que estas paredes son la superficie interna de un
cilindro clavado en una laguna, o en un pantano. Que
pudieran rajarse un día, quebrarse rápidamente, y esto
se inundase de agua y yo chapoteando en medio del
espanto. Igual a una rata. Trato de evitar el contacto
con las paredes porque he percibido el moho, el verdín,
bichos de humedad, y eso me impresiona. A veces el aire
se vuelve sofocante. Pero no es la temperatura, es la
humedad lo que me rodea y me ahoga y me provoca esta
picazón, como si el verdín y el moho y los bichos se
fuesen metiendo en la piel.
Nada hay
que yo pueda dominar aquí. No duermo cuando me propongo
dormir sino cuando el sueño me vence y me quedo dormida
sin darme cuenta. Tampoco sé por qué despierto, si es
por los ruidos que llegan de arriba, o porque he dormido
mucho o un mal sueño de ésos que nunca recuerdo me
despierta de golpe. Aunque las palabras mucho y poco no
tienen sentido aquí, un lugar donde el tiempo parece
ser otra cosa. No hay manera de calcular el tiempo.
Antes tenía un reloj, un típico reloj de mujer,
pequeño, plateado y de formato redondo, que me regaló
mi padre. Tardé bastante, tal vez días, o semanas, en
darme cuenta de que ya no tenía reloj. Ni siquiera
puedo medir el tiempo por el día y la noche. La luz del
círculo allá arriba no se apaga nunca, siempre es de
día, siempre el sol entra furioso por la boca del pozo,
igual que los ruidos, pero tampoco estoy segura de que
sea el sol el origen de la luz. Cabe la posibilidad de
que haya reflectores, potentes, similares a los
reflectores de los estadios. Por eso no puedo hacer
marcas en la pared, como los presos que van contando los
días, uno tras otro, y cada día, cada semana, se
transforman en una raya. Los ruidos no me sirven de
referencia porque el silencio no existe. Ruidos que no
se detienen, voces alegres, bullangueras, voces de
chicos que juegan y gritan como si estuviesen en el
recreo. Aunque a veces hay otra clase de gritos,
entonces enmudecen, una voz enérgica, llena de
autoridad, que podría ser la de un celador, o la de un
militar. No puedo entender lo que dice. Sus gritos son
un aluvión de palabras incomprensibles, no sé si por
la violencia, o acaso sea otra lengua, un idioma que no
comprendo. Pero apenas termina de gritar, vuelven las
voces de los chicos, al principio con cierta timidez,
después tan cargadas de risas, de juegos, tantas
diversiones. Y así siguen y siguen, hasta que luego de
un tiempo, no sé cuánto, un tiempo que no es poco ni
mucho, que es solamente tiempo, regresa la voz del
celador, o del militar, que los hace callar por un
instante, hasta que la voz desaparece y entonces se
repite el griterío de los chicos y su eterno recreo. Yo
también he gritado con la esperanza de que me escuchen,
que alguien me oiga, pero las voces de los chicos, el
recreo, son imperturbables. Antes me reconfortaba
escucharlos, pero ahora daría cualquier cosa por un
poco de silencio. Digo cualquier cosa y no sé a qué me
refiero. Qué podría dar yo en estas condiciones. Lo
único que tengo es mi propia existencia.
Al
principio no estuve sola. Había un hombre aquí. Yo
siempre me mantuve lo más alejada posible de él, en el
otro extremo de la pared. De todos modos el hombre
apenas si se movía, apoyado contra la pared, en la
parte más oscura del pozo, siempre en esa posición
fetal, con la cara hundida en las rodillas. Vestía ropa
muy corroída, andrajos, y estaba descalzo. Tenía barba
y el pelo negro crecido y enmarañado. Además despedía
un olor fuerte y desagradable y vivía tirándose gases.
Una vez me acerqué creyéndolo dormido, pero se movió
de repente, como sacudido por los sueños, y se quedó
mirándome. Yo corrí de nuevo a mi lugar. Tenía un
rostro extraño, los labios rojos y brillantes, se
diría femeninos, hasta que me di cuenta de que estaban
siempre humedecidos por la baba, una baba que le mojaba
los pantalones por la zona de los muslos y del sexo. A
veces sus ojos se dirigían a mí, y otras vagaban por
las paredes del pozo sin fijarse en nada en particular,
nada más vagaban como si anduviesen perdidos por el
aire. Pero cuando más terror me causaban era en esos
momentos en que los ojos se volvían hacia arriba, hacia
el círculo de luz, aunque sin fuerzas o sin ánimo
suficientes para levantar la cabeza, y entonces los ojos
se ponían casi en blanco, dos esferas blancas y
lagrimosas como las de los ciegos. Y así se pasaba
horas, si es que aquí el tiempo pudiera medirse en
horas. La sola posibilidad de que se arrimase y que
intentara incluso forzarme, me provocaba asco, una
especie de náusea que me llenaba las narices y la boca.
Por suerte jamás ocurrió nada de eso, y no sé si
tendría fuerzas siquiera para moverse. Una vez
desperté y el hombre ya no estaba. No sé cómo salió
del pozo, o cómo y en qué momento se lo llevaron.
Es
extraño. Conservo sus rasgos concretos, los labios
rojos, la baba, el pelo revuelto, su mirada perdida, y
sin embargo el rostro se me va desdibujando en la
memoria. No logro sostenerlo. El rostro se disuelve a
pesar de que sea lo más cercano desde que estoy en el
pozo. Vengo notando esta disposición a extraviar los
recuerdos. Los rasgos de mis seres queridos han empezado
a fragmentarse. Todavía puedo retener la cara de mi
madre, pero olvidé algo de sus ojos, aunque no pueda
precisar si es el color o cierta expresión en la
mirada, algo se ha perdido. Los labios de mi padre se
mantienen firmes, pero la sonrisa, no sé qué de la
sonrisa, también se fue borrando. Me cuesta cada vez
más reconstruir sus rostros. Se me confunden ciertas
propiedades de papá con las del tío Nicolás, se
mezclan las caras de mis hermanos, las cejas, la caída
del pelo, cuál tenía barbilla, cuál los dientes
desparejos, cuál la mandíbula apretada y dura. Mis
amigos, mis amigas, la vecina de enfrente y su perro
blanco, todos metidos en un viejo álbum de fotografías
que van perdiendo el color, se vuelven ocres, rostros y
figuras cada vez más pequeños, más lejanos. Ya no sé
cómo aferrarme a las cosas. Repito en voz alta nombres,
direcciones, números de teléfono, fechas de
cumpleaños, pero estos datos también pierden
sustancia, de tanto decirlos van quedando vacíos, son
sólo apuntes en una libreta. Lo mismo me ocurre con
ciertos libros, películas, canciones, se diluyen las
historias, los personajes, las melodías se quedan sin
música. Sólo permanecen los títulos, huecos como el
espacio de este pozo.
En un
principio se me daba por llorar. Lloraba y lloraba
permanentemente. También gritaba hasta quedarme sin
voz. Seguía llorando y gritando aun después de
comprobar que nada podía obtener, que era lo mismo
hacerlo que no hacerlo. Entonces los ojos se me fueron
secando y la voz se volvió callada, metida hacia
adentro. Sólo murmullos y presencia sin lágrimas.
Siento ahora un profundo desprecio por esos
comportamientos que no sirven de nada. Al menos me he
despojado de los actos inútiles.
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