ENSAYOS

La maldición de la literatura
Noviembre 2007(fragmento)

por Liliana Díaz Mindurry

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Fernando Pessoa


Hölderlin advertía el peligro de que el lenguaje no hable para revelar lo original, sino que lo hablemos para ser extranjeros respecto del origen. No importa qué entendía Hölderlin sobre ese origen, pero no hay más origen que el caos y a ese origen se remite lo literario. Tal vez el caos no sea el origen del universo, pero sí reside, encerrado en él, como un final o como una posibilidad subterránea. 
El caos- más que la muerte- es la marca de lo humano.
El lenguaje-caos-literatura es la valentía de expresar un mundo de fin de mundo.
Heidegger habla de un origen que es la salida al encuentro de lo que viene, de modo que todo lo que viene tiene su venida en el momento de la unidad de lo que ha sido. ¿Hay alguna unidad absolutamente paradojal más enorme y más constante que el caos, o si se prefiere, de la desmesura?
¿Vamos a relacionar el caos con la muerte? ¿O simplemente con el Mal-Decir?
El manejo de ese caos es la gran soberbia de la literatura. Se ha pretendido imaginar que la soberbia es el gran pecado humano, y en ese pecado (vamos a llamar pecado a todo lo que produce una culpa común que el hombre nunca termina de entender, pero que es tortura constante) lo importante no es saber sino desear saber. Desde la razón triunfante y desde la razón humillada, la consecuencia es la misma: la angustia y la negación del pensamiento. El límite siempre es intolerable cuando se desea lo ilimitado. Se desea saber, inventando un lenguaje para clarificar y clasificar y dar unidad, pero -mucho más- desdeñando claridad, clasificación y unidad, conociendo los precipicios linguísticos y aceptándolos con supremo desprecio: ya que no es posible clarificar el mundo (o saber), se inventa un lenguaje como mundo paralelo. Y con ese lenguaje un poeta como Dante, por ejemplo, intenta crear el ultramundo y realizar el Juicio Final como un Cristo triunfante, a personajes históricos, como un Dios decíamos, más que como un demiurgo, considerar, que es posible compadecer a Francesca da Rímini aunque se la coloque en el Infierno, o poder viajar al Paraíso, y juzgar a Ulises por su insensato o temerario viaje, no menos insensato o temerario que la propia obra de Dante desde el punto de vista de su religión. 
Y también desde esa soberbia, Fernando Pessoa se niega a ser individuo, es múltiple y sus heterónimos son mucho más que un juego. No hay síntesis de ningún yo, salvo la melancolía y la pérdida de algo misterioso.