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ENSAYOS |
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La maldición de la literatura
Octubre 2007(fragmento)
por Liliana
Díaz Mindurry
No hay al principio, nada. Nada. El río liso,
dorado, sin una sola arruga y detrás, baja,
polvorienta, en pleno sol, su barranca cayendo
suave, medio comida por el agua, la isla. |
De esta forma comienza la novela Nadie nada nunca, obra maestra de Saer. De forma igual o similar comienzan otros capítulos. El juego de Saer de repetición y de tiempo detenido, de fijación del detalle mínimo y especialmente de sentidos atentos al menor cambio de luz, al menor murmullo, donde la acción carece de importancia, pero sí una contemplación tan minuciosa que parece remedar la de Funes el memorioso de Borges. El personaje Ireneo Funes de Borges registra en su memoria cada cambio imperceptible, como si la memoria hubiera dejado de seleccionar y estuviera en un estado prelógico e imposible. Funes no puede seleccionar: Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero, ironiza Borges. Llama a su memoria vaciadero de basuras. Dice también: Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de la fatiga. El trabajo de Saer no puede registrar esa imposibilidad, pero registra la casi imposibilidad, de una percepción como si remedara el pensamiento de Heráclito. A diferencia de Borges que lo dice, Saer lo muestra y el esfuerzo es mucho más lento que el de cualquier percepción. Como si la percepción fuera lo único importante y no la selección de datos de una realidad multiforme y cambiante donde sin embargo todo parece inmóvil, detenido, donde tanta minucia es como la nada, un tiempo del nunca vivido por nadie.
El Mal- Decir cobra entonces todo su esplendor por la imposibilidad de semejante percepción. En el cuento Sombras sobre un vidrio esmerilado se habla de oír crecer el pasto y en esta novela también se oye el rumor de la luz y hasta se siente como algo posible. Uno se siente un poco tentado a oírlo o a preguntarse: ¿Qué me perdí?
La sensación de desmesura de este universo entre petrificado como el de Parménides y que registra casi el menor cambio como en las ideas de Heráclito produce un placer, mezclado de pavor. Ese tiempo que se estira como sin transcurrir, ese instante alargado en toda la posibilidad lingüística(mucho más interesante que la digresión infinita de Silla de Saramago que estira la caída de la silla en un largo cuento mediante ese recurso y no mediante la percepción: tanto que produce en Saramago la sensación de ironía o absurdo como en Funes, mientras que Saer consigue una hiperrealidad irreal o fantasmática) muestra el caos a partir de la mirada. Semejante mirada desmenuza toda realidad y el lenguaje adquiere el horror de un lenguaje como silencio o de un silencio como lenguaje. Así desnuda esa naturaleza intrínseca de la palabra de producir paradoja, equívoco, de no ser y de exhibir el no ser de cualquier pretendido ser.
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