ENSAYOS

La maldición de la literatura
Septiembre 2007(fragmento)

por Liliana Díaz Mindurry

La literatura (o diremos la poesía para descartar una escritura mercantil) asume como el héroe griego toda la fatalidad de su sino. En primer lugar escribe haciéndose cargo de la imposibilidad de escribir. En otras palabras, asume la paradoja máxima. La insatisfacción será total y habrá que asumirla como un héroe que sabe que no puede vencer al dragón, pero no deja por ello de combatir. Es como si escribir le deparara la salvación eterna, pero no cree en ninguna eternidad. Apuesta al absurdo. Por eso escribir es una fe como la fe en Dios, una apuesta a Nada. Escribir, tal vez parte, de una desesperación asumida, que al emprenderse en su vacuidad se vuelve una muy extraña esperanza. Y emprende contra todas las maldiciones, los mal-decires, siendo el colmo del Mal-Decir. Asume el caos sin forma, las tinieblas, el desorden, la confusión, el vacío mismo. Es como una oración a Nadie, y aunque quien escriba sea absolutamente ateo es religioso por escribir, porque eso es su re-ligamiento, es el mismo salto de la fe que nombraba Kierkegaard. ¿Quién puede creer sino Abraham en un Dios que da un hijo milagroso y después pide su sacrificio? ¿Quién puede escribir asumiendo todo el Mal-Decir de la palabra y viviéndolo como una bendición? Y desde ese lugar de aceptación (y rebeldía), excediendo todo lo maldito de la palabra, produce un alivio, así como el cuadro, diría Lacan, invita a deponer la mirada petrificante, y se vuelve apolíneo.
Escribir también es un acto incesante, sin principio ni fin, entregarse a eso que no termina, entregarse a la angustia como a brazos amados y sacar de la angustia algo nuevo, completamente distinto, que no dejando de ser angustia es más que eso. Entregarse a lo lejano, a lo que no se comprende, a lo que no está la mente en condiciones de entender, porque implica no eludir nada, defender lo absurdo, lo sin límites, lo inabarcable. Imitar la mentira, la paradoja, el caos del lenguaje de todos los días. Camus dice que el universo de un creador es magnífico y pueril. Estoy absolutamente de acuerdo. Es magnífico en su rebelión, pero toda rebelión es infantil o adolescente. El hombre mediocre no se rebela, usa la maldición de la palabra para sus fines y es usado por ella. Sus fines son el poder, que es una manera de afirmar la muerte.
Observaría Octavio Paz que la poesía tuvo como misión dar un sentido más puro a las palabras de la tribu. Es difícil entender hoy qué es ese sentido puro, si es una simple búsqueda de sentido y si el sentido es la mera búsqueda, atravesando la selva del Mal-Decir de las palabras. Tomando ese puro Mal-Decir, el lenguaje poético es interrogación absoluta, donde ni siquiera se aclara sobre qué se interroga. O la interrogación es hacia un lenguaje maldito, que no produce sino la abertura del caos.