Si para los judíos el gran pecado es hacer imagen tallada o figura alguna de lo que está arriba en el cielo, de lo que está abajo en la tierra o de lo que está en las aguas bajo la tierra, Kafka vive en lo imaginario y hasta desea dejar la vida (el mandato social) para vivir sólo para y por lo imaginario. El resto, la vida, es muerte para él. Combatirá con los dos ejes: la Ley (el padre) y el castrante mundo femenino que parece tibieza y puede ser traición: la traición de todo lo vital a ese mundo de palabras asumidamente Mal- Dichas. Leemos en sus cartas, la plena conciencia del Mal- Decir: no tengo confianza en las palabras, ni en las cartas, en mis palabras, ni en mis cartas: estoy dispuesto a compartir el corazón con los hombres, pero no con los espectros que juegan con las palabras y leen las cartas, con la lengua colgando.
Pocos entienden como Kafka la vida libre y extraña de la obra literaria (o de cualquier obra de arte): como objeto imaginario, se independiza de su autor y exhibe su absurdo con un orgullo propio de los demonios. Impersonal (aunque sea profundamente personal) se narra a sí misma en su rareza fundante. No habla Kafka, ni Juan, ni Pedro: habla lo otro. Lo que no es de nadie y por tanto es de todos, pero no le pertenece a ninguna persona.
Ante todo, nada tan diferente del pensar, dice Kafka: no puedo pensar; en mi pensamiento topo con límites, de buenas a primeras puedo aún captar tal o cual asunto aislado, pero un pensamiento coherente, capaz de desarrollo, me es imposible. En realidad no siquiera sé contar y tampoco hablar…lo único que tengo son ciertas fuerzas que se concentran con vistas a la literatura, a una profundidad que el estado normal no deja reconocer.
Lo que escribe es siempre símbolo y como símbolo está mucho más allá de lo que dice, mucho más allá de lo que narra y ni siquiera importa si quiere decir algo. El está condenado a esa escritura y lo expresa en su monstruoso epistolario, con Felice Bauer por ejemplo. Con frecuencia he pensado que, para mí, la mejor manera de vivir sería instalarme, con mi material de escribir y una lámpara, en el espacio más interior de un sótano amplio y cerrado. Y también: ahora te atormento en mis cartas, pero tan pronto como estemos juntos seré un loco peligroso al que habrá que quemar. En los últimos tiempos se ve condenado a escribir porque no tiene voz y debe escribir para cualquier necesidad de comunicarse, aún la más trivial. Hay momentos en que el destino toma tal forma de sarcasmo que parece humanizado, un demonio y nada más humano que un demonio, sobre todo en la crueldad.
El gran tema es la imposibilidad: de entender la condena social, la de su padre, la de la Ley que nos hace morir. No llegar nunca al castillo de la gracia, o convertirse en una bestia. La maldición en suma de la literatura, de las palabras que conforman una Ley indescifrable, una Ley hecha de palabras y por tanto tan laberíntica como paradojal. Y encuentra natural o casi natural lo que le sucede como un verdadero condenado: asume su condena y de nada se asombra. La tragedia está ahí en cada día que se vive y es plenamente absurda. Se entiende todo eso como algo que no tiene remedio como no tiene remedio respirar para vivir o comer o defecar. Hay un lado de ignominia que no se oculta, pero la aceptación es por momentos pasmosa. Hay sin embargo y esto es lo terrible, por momentos cierta esperanza sin esperanza, pero una esperanza incesante, casi diría una obcecación en entender cuál es la culpa o llegar al castillo.
|